Fecha 25/03/2004
Tema Nacionales e Internacionales


EL HOMICIDA CASUAL

La escena es cotidiana. Ocurre en todas partes y a cada momento. Más que una anomalía, parece una fatalidad, una danza absurda que identifica al país. Y sin embargo, la inocencia de esa coreografía es engañosa: hay vidas involucradas en ello, y se trata de un baile al borde del abismo.

Usted llega a la esquina y espera. La intersección está equipada con su correspondiente juego de semáforos, uno de los cuales le atañe a usted.

Allí, un muñequito rojo (llamémoslo Mario, en honor al juego electrónico) le indica que el paso está vedado: aventurarse a cruzar la calle podría ser fatal. Usted debe esperar a que Mario se vaya y aparezca un muñequito verde (podemos bautizarlo Luigi), el encargado de decirle que el cruce ya es seguro.

Pero algo levemente inquietante ocurre. El tránsito no se detiene del todo; uno o dos automóviles cruzan la esquina a toda velocidad, a pesar de que hace ya unos buenos cinco segundos el color amarillo de su semáforo les avisó que era momento de frenar.

Usted se ve tentado de echar un vistazo fugaz al interior de esos vehículos. No hay tiempo, pero igualmente puede intentarlo. En ninguna cara verá una expresión culpable o alelada por el cambio rápido de las luces. Nadie lo mirará transmitiéndole una silenciosa disculpa. Es más, ningún conductor se dará cuenta de lo que acaba de suceder.

Ya que se quedó en la vereda y perdió el turno para cruzar, pierda algunos más. Si la esquina es concurrida, verá que, vez tras vez, siempre hay uno o dos automovilistas que pasan de largo, sin importar el color de la cara que les muestre el semáforo. Luigi podrá protestar todo lo que quiera; de nada servirá. Incluso ciclistas, motociclistas y peatones ignoran sus advertencias.

Es continuo. No importa el barrio, ni el modelo o el estado de los coches. Es la marca en el orillo del criollo avivado, la falta de respeto por las normas que otros argentinos pensaron y establecieron para hacernos la vida más fácil. ¿Y sabe qué? La gente muere por eso.

Y sin embargo, cada intento de las autoridades por ponerse firmes y controlar el tránsito de manera más estricta choca con el malhumor generalizado. Como el descontento se traduce en fuga de votos, esas iniciativas nunca prosperan.

Hay teorías de todos los calibres para explicar por qué los argentinos tendemos a pasar por encima, por debajo o por el costado de la ley, aunque eso no nos reporte un beneficio especial. Desde la juventud de la patria, carente de una mitología nacional firme, hasta Menem o los militares, la lista de imputados probablemente no quepa en una servilleta desplegada.

El hábito, por cierto, alimenta al periodismo, como el fuego a los bomberos o la culpa a los sacerdotes. La falta de respeto a los luminosos muñequitos edifica las páginas policiales, cada vez que un conductor se convierte involuntariamente en un homicida.

Pero las secciones económicas están llenas también de crónicas de ¨avivadas¨ que salieron mal... o que salieron bien. La mentada inseguridad jurídica es hija de algunas de las más brillantes de esas ocurrencias.

Finalmente, será mejor evitar el lugar común de decir que se trata de un problema cultural. Sin duda lo es, pero también es político. Tiene que ver, nada menos, con la construcción de un país.

Después de todo, esta sociedad habituada a la ruptura cotidiana de las normas, a la ausencia de castigo, a la imposible utopía del vale todo, es la matriz de donde salen nuestros gobernantes.

Sebastián Lalaurette

Agencia MP



 



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