Después de uno de los peores años en la vida de los argentinos, cada uno se toma sus tan merecidas vacaciones de la mejor manera posible, con muy poca platita. No obstante, navegando en una crisis parecería que interminable, desde el pasado diciembre las playas asoleadas de la costa Atlántica comenzaron a recibir de a montones a turistas nativos y -en una menor cantidad, pero apreciable también- extranjeros.
Así que, mientras los políticos que se atribuyen la labor de hacer política, buscan soluciones para la tan golpeada Argentina que sufre y se hace visible en la cara del pueblo, somos el mismo pueblo, la misma sociedad, la que flota como puede y trata de salvarse cuando los de arriba dan vuelta la cara y siguen sus vidas comprando el mismo papel higiénico con ositos y florcitas que antes de la crisis era caro y ahora parecería que lo fabricaran con oro y piedras preciosas.
Entonces, mientras buscamos distensión, insistiendo en olvidar -por lo menos por unos pocos días- el duro año 2002 que tan largo se hizo sentir, y nos escapamos a playas o montañas, sin querer queriendo se activa y engrandece cada vez más el turismo nacional, y por lo tanto, suben los ingresos de las personas que trabajan en ello, aumentando el consumo de sus familias y el ingreso de las otras personas que les venden a los anteriormente incrementados, que a su vez consumen y... ¡dale que va! Es un círculo vicioso que se retroalimenta de a poquitísimo, pero satisfactoriamente para todos.
Yo no soy economista, ni estadista, ni nada que se le parezca, y tampoco sé si no me confundo en mi tesis de circulación del dinero; pero creo que se trata solamente de sentido común, opino. Y para no perder el training con el que vengo, siento vergüenza de los ineptos que nos gobiernan y dicen tener las soluciones para nuestros problemas. Porque, si la teoría de esta adolescente es correcta, hubiera sido bueno que en su momento se llevara a cabo una fuerte campaña impulsando el turismo nacional, no sólo empapelando las calles con grandes fotos de las bellezas que enorgullecen al país, sino que me refiero a "mano dura", esfuerzos visibles; como por ejemplo, haría falta una disminución en el precio de los transportes de larga distancia, que en estas últimas semanas sufrió un aumento más que considerable, impidiendo a mucha gente poder realizar su viaje de relax, u obligando a elegir destinos más cercanos -y pasajes más accesibles-.
Cerrando mi primera columna del 2003, elevo la más humilde felicitación a todos aquellos argentinos que, egoístas, quisieron tomarse unos días de ocio total, e inocentes, dan trabajo a muchas personas también nativas. Parece que empezamos bien el año, por lo menos ayudándonos entre nosotros. Pueblo 1 / Políticos 0.
Soledad Elías Leguizamón.



