Oscar Alberto Serrano ha sido el único escritor campanense cuyo nombre estuvo ligado, por distintas circunstancias, a los escritores más prestigiosos y conocidos de la Argentina.
Muchos de sus cuentos aparecieron en antologías junto a los de Marco Denevi ("Rosaura a la diez"), Eduardo Gudiño Kieffer ("Para comerte mejor"), o Manuel Mujica Láinez ("De la misteriosa Buenos Aires"); fueron premiados en certámenes de jurados exigentes: Federico Andahazi ("El anatomista"), María Esther de Miguel ("El general, el pintor y la dama"), César Magrini, el crítico literario del diario El Cronista Comercial; y hasta llegaron a publicarse en revistas como Maribel y en el Suplemento Literario del diario Clarín, en tiempos en donde había que tener mucho talento para ser publicado allí.
La Auténtica Defensa quiere recordar y homenajear hoy a Oscar Alberto Serrano, en el primer aniversario de su fallecimiento, publicando tres de sus agudas, intencionadas y hasta ahora inéditas fábulas para adultos, pertenecientes a uno de sus numerosos libros igualmente inéditos.
El búho y la anaconda
La luna llena relumbraba en el cielo y todo parecía azogado con el plateado resplandor que esparcía sobre el río y la ribera del monte.
-¡Vaya! ¡Mira quién está aquí! -se sorprendió la anaconda al ver volar sobre ella un búho.
-Qué tiene de extraño -respondió el pájaro-; yo siempre salgo a volar por la noche.
-¡Qué casualidad! ¡A veces a mí también me gusta la noche para viborear! -dijo la anaconda.
-Pero yo vuelo por la noche; no ando arrastrándome como tú.
-¡Qué importa eso! Lo que vale son las coincidencias. He descubierto que la noche es el ámbito adecuado a mis hábitos y me halaga que éstos sean iguales a los tuyos.
-Estoy cansado de vérmelas con ratoncillos y murciélagos. Me alegra toparme con alguien importante que tenga los mismos gustos que yo -le respondió el búho, y descendió hasta posarse frente a la enorme víbora.
-¡El gusto es mío! -dijo la anaconda-, y de un rápido salto lo engulló.
Moraleja: No porque algunos coincidan en algunas cosas han de ser necesariamente tus amigos: Fíjate en qué difieren, no sea que allí esté la causa de tu ruina.
El abogado del ciervo de los pantanos.
Llevado a juicio el ciervo de los pantanos, buscó como abogado un gato con una cola tan prolongada que lo hacía el doble de largo: un yaguarundí. Los demás animales le advirtieron que el yaguarundí tenía fama de artificioso y traidor, y el ciervo lejos de amedrentarse dijo a sus amigos que contra las artimañas del yaguareté necesitaba a alguien de su misma calaña, un felino con experiencia, realista, que conociera bien los trucos y chistes de que hacen gala los que son de la clase del yaguareté. De otro modo, les dijo, no podría tener chance alguna en el juicio.
Pero el yaguarundí fue pronto sobornado por quienes eran de su misma calaña, y lo que menos hizo fue favorecer al pobre ciervo que terminó condenado.
Moraleja: No llames como abogado / a quien es de otra ralea. / ¡Que si a esto suma fama / de ser traidor y taimado, / date ya por condenado!
El avechucho despedido.
El avechucho quiso entrar a trabajar como todos los días y se encontró con que en la portería no lo dejaban pasar. Estaba despedido. Quiso hablar con su jefe, la mulita, pero éste no quiso recibirlo. Le dieron una bolsa con las pertenencias halladas en su escritorio, y adiós.
Pero no va que días después, en un asado, se cruza con su antiguo jefe, el mismo que no lo había querido recibir ni darle explicaciones, y que hasta le devolvió varias cartas sin abrir.
A la mulita no le quedó más que enfrentarlo, y con una sonrisa falsa, como si no hubiera pasado nada, le preguntó:
-¿Cómo le va don Avechucho?
-¿Cómo quiere que me vaya? ¡Como la mona!
-¡Bueno, bueno! Un gustazo, amigo. Con su permiso.
Pero el avechucho se le puso en el camino:
-¿Por qué me hizo eso?
-Nadie le hizo nada. Usted se lo hizo.
-¿Cómo me dice algo así después de haberme despedido sin aviso?
-Cumplió su ciclo.
-Pero yo era parte de la empresa.
-Usted lo ha dicho: era...
-Los defendí; me esmeré.
-Le pagaban por eso.
-Mentí por usted y los demás.
-Mentir es malo, pero también le pagaban por eso.
-Me dieron medallas, diplomas, premios, me invitaron a cenas de ejecutivos...
-¡Torpe!... Le pagaban también con eso.
-Me engañaron.
-Usted se engañó al pensar que era indispensable.
Moraleja: Hay avechuchos que beneficiados por la autoridad, se sienten integrantes del poder, sin saber que siempre serán socios menores y prescindibles, mendigos sin nombre a los que en cualquier momento quitarán del medio con unas monedas y una carta de agradecimiento por los servicios prestados.



