Buenos Aires,(Especial para NA por Luis A. Gramuglia) Muchas veces hemos hecho hincapié en el valor del complejo agroalimentario para la economía nacional, en su significación desde el punto de vista geopolítico. No en vano es, a nuestro juicio, el auténtico dinamizador de la actividad económica. Baste señalar la importancia que el campo tuvo para el país en el período 2002/03 cuando los precios internacionales y la producción se ubicaron bien arriba y permitieron atender la demanda de los sectores más empobrecidos de la sociedad a través de las retenciones.
De todos modos, parecería que el campo no es objeto del particular interés de las autoridades, salvo cuando se trata de obtener una parte de su renta. Hoy asistimos a un debate acerca de si producir mucha soja es bueno o malo y entonces aparecen quienes, desde el Congreso, propician retenciones del 35% para la exportación de la oleaginosa como si con una medida de ese carácter bastara para resolver la antinomia.
El INTA ha producido un interesante informe técnico en donde dacuenta de los problemas que acarrea el monocultivo de soja y del riesgo que corre el suelo de persistir esta tendencia.
Pero, la soja, en este momento, es el cultivo estrella y el que provee una masa de recursos verdaderamente inestimable para las arcas del Estado. Por otro lado, el agricultor apuesta a ella por la rentabilidad que le deja y por el menor costo de implantación que tiene respecto del maíz.
No obstante, el productor responsable sabe que de continuar cultivando soja el deterioro de la tierra puede convertirse en un búmeran y por ello está atento para adoptar las rotaciones que sean pertinentes para resguardar ese recurso.
En este contexto, se puede sugerir que hacer pero no imponer por la vía legislativa, normas que no buscan resolver la cuestión de fondo sino solo atender problemas de coyuntura.
Cuando hablamos del valor del complejo agroalimentario a que nos referimos? A que, por ejemplo, el 54 por ciento de las exportaciones corresponden a productos primarios más manufacturas de origen agropecuario.
Tanto AACREA, en un reciente informe, señala que ¨a Argentina es hoy el primer productor de girasol y de limón y el primer productor y exportador de yerba mate; el primer exportador de aceite y harina de soja, peras, miel y mosto; el segundo exportador mundial de maíz, sorgo, miel y ajo, el tercer exportador de grano de soja y porotos, el cuarto exportador de algodón, el quinto productor de vinos y el quinto exportador de carne bovina y trigo¨. Pero advierte el trabajo que la competitividad general de la Argentina en relación con el resto del punto ¨caería a niveles preocupantes¨ si no se registraran los altos estándares de eficiencia y calidad que caracterizan al complejo agroalimentario.
El índice de competitividad del Foro Económico Mundial ubicaba en el 2002 a la Argentina en el puesto 63. Si bien ese año fue el peor de la economía nacional, en los tres años anteriores nuestro país figuró en los puestos 42, 45 y 49 sucesivamente.
El índice de importancia relativa del sector agropecuario en la economía ubica a la Argentina por delante de Estados Unidos, Canadá, Australia, Chile, Uruguay y Brasil. En otras palabras, el sector agroalimentario tiene en la Argentina un peso mucho mayor que en otros países que son tradicionales productores de alimentos.
Según el informe de AACREA, anualmente se cargan 71,5 millones de toneladas de granos (considerando solamente los 18 principales cultivos), 4,5 millones de toneladas de hacienda vacuna y 8,2 millones de toneladas de leche. Estimando un trayecto promedio de 300 km desde el origen de la producción hasta el destino final de los productos primarios (industria, puerto, frigorífico o usina láctea), hay un recorrido de 1.841 Millones de kilómetros.
En este punto conviene advertir que no se incluye el transporte de aves, porcinos, ovinos, cítricos, frutas, hortalizas y productos forestales. Tampoco se incluye el transporte de los alimentos manufacturados.
Veamos otros rubro importante: el empleo. Datos del INDEC mencionan que el sector primario da trabajo al 11,1% de la población. A esto hay que sumar al personal de los frigoríficos (que se incluye en el sector secundario) y a los prestadores de servicios, como los transportistas, que pertenecen al sector terciario. Hay que destacar que si el punto se analiza solamente tomando el promedio nacional podría incurrirse en un grueso erro.
En algunas regiones del país el empleo vinculado a los alimentos adquiere una relevancia clave. En el noreste argentino el 31% de los trabajadores es ocupado por el sector primario, mientras que en el noroeste, el porcentaje es del 19%. En Cuyo, del 16%; en la Patagonia, del 11% y en la región pampeana del 14%.
Esto pone de relieve la gran importancia geopolítica que tiene el complejo agroalimentario ya que es la actividad productiva por excelencia de la Argentina y en algunas regiones, única y excluyente.
Los datos del INDEC dicen, además, que en cuanto al tipo de empleo generado los empleados representan el 45%, los trabajadores familiares el 18%, los patrones el 10% y los cuentapropistas el 27%. Si se com`aran esos porcentajes con el promedio de todos los sectores (65% de empleados, 5% de trabajadores familiares, 7% de patrones y 23% de cuentapropistas) queda en evidencia que la cantidad de trabajadores familiares en el ámbito agropecuario es más de tres veces superior, el porcentaje de patrones duplica al promedio y la cantidad cuentapropistas también es mayor.
Por otra parte, el sector primario representa el 5,5% del PBI, y las manufacturas de origen agropecuario: 6,9%. Sumados, representan el 12,4% del producto nacional. La producción primaria representa el 22% de las exportaciones argentinas, mientras que las manufacturas de origen agropecuario dan cuenta del 32%.
Juntas suman el 54% y distintos pronósticos indican que en el 2003 podrían trepar al 59%.



