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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 07/ene/2004 de La Auténtica Defensa.

El árbol de las desmesuras
Por José Enrique Velázquez




LA PLATA, (Especial de AIBA). El miserable secuestro de la adolescente Natalia Di Gallo -con trágico pero casi descontado desenlace- puso de relieve una de las muchas desmesuras argentinas. Si bien es comprensible la desesperación de sus familiares y su propósito de hacer intervenir en el caso a las máximas autoridades del país, incluido el Presidente de la República (lo que lograron), las derivaciones se constituyeron en una verdadera desmesura.

Cierto es que para los padres y hermanos de Natalia su tragedia era lo mas grave que ocurría en el país y es entendible su intento de llegar a los máximos magistrados para encontrar a la jovencita. Pero alcanzaron su objetivo, seguramente, porque ante la carencia de otras noticias de relieve la desaparición de la jovencita había pasado a ser el tema central de los medios, en especial de canales de noticias que suelen ser determinantes en las agendas de muchos funcionarios.

Claro que, en el ínterin, cortaron rutas al estilo piquetero, extendiendo su problema a una parte de la población que forzadamente pasaba a ser partícipe o culpable del triste hecho policial.

Este caso, de siniestra y lamentable conclusión, trae a la memoria aquel drama familiar que protagonizara Gabriela Oswald -en junio de 1995-, quien se negaba restituir a su hija Daniela, al hogar de su padre, en Canadá, como lo dictaminara la Justicia. Envidiable comunicadora, logró mediatizar de tal modo su problema doméstico al punto de dividir al país en dos bandos -aunque la abrumadora mayoría estaba a su favor- y lograr que la recibiera el por entonces presidente Menem. Y, como en el caso de Natalia Di Gallo, relegó a un segundo plano temas fundamentales que afectan al conjunto de la sociedad.

Esta propensión a la desmesura no es exclusivo de un sector de la población. Aquello que en ciertas épocas le hemos atribuido al pueblo brasileño, respecto a su tendencia a la exageración y a autoadjudicarse ser los más grandes del mundo (y no sólo en fútbol), también es patrimonio nuestro.

Con el agregado de que somos exagerados o desmesurados tanto para el éxito como para el fracaso, aún el presunto, porque, por ejemplo, la mayoría de los argentinos no le dio la importancia debida a la destacadísima trayectoria deportiva de Carlos Reutemann, porque ´sólo´ fue subcampeón mundial de Fórmula 1.

Y también lo somos hasta en aquellos temas que son sumamente técnicos, como es el económico. Esa predisposición a la exageración -y algunos intereses creados, claro- determinó que la mayoría de los economistas de renombre fracasaran con sus pronósticos en el año 2002, cuando auguraban épocas de crisis aún más graves que las que los argentinos vivíamos en los primeros meses del gobierno de Duhalde.

Desde el dólar de dos dígitos a la hiperinflación, con estallido social inevitable, todo lo vaticinaban sombríamente, fatigando los muchos medios de comunicación que generosamente se ponían a su alcance.

Como aquellos vaticinios preocupantes fracasaron, no de habló más del tema. Mucho menos del fracaso pronosticador. Retornaron, aunque desde un perfil más político, cuando Duhalde anunció el calendario electoral y su decisión de entregar el mando el 25 de mayo de 2003 a quien resultara triunfador en los comicios.

Por supuesto que también el tratamiento fue escéptico y desdeñoso, lo cual si bien era exagerado tenía algún fundamento en el tremendo descreimiento en el que había caído la mayoría del sector político argentino.

La desmesura se multiplicó cuando resultó elegido Kirchner, debido a ´la debilidad del 22% de los votos´ y -apocalípticos- aseguraban que el santacruceño sería ´el Chirolita de Duhalde´. El reverenciado Mariano Grondona era el portavoz de esa predicción (si los economistas y analistas tuviéramos que pagar por ´mala praxis´, seguramente seríamos mucho más cuidadosos en nuestros pronósticos), que a poco de ejercer la Presidencia, Kirchner envió sin contemplaciones, por el mero efecto de ejercer el poder en plenitud, al arcón de las profecías fracasadas.

La propia reactivación de la economía se constituyó -para estos pesimistas augures- en un simple ´veranito´ de muy corta duración. Ni siquiera el rango de ´verano entero´ le dieron economistas de ortodoxo prestigio, como López Murphy, Artana o Melconián, para citar sólo a los más consultados.

La realidad, con su verdad incontrastable, puso la imprescindible dosis de equilibrio y sensatez ante tanta desmesura, que a veces es sólo producto de error llano pero que en la mayoría de las ocasiones es indisimulablemente interesada.

También al gobierno nacional le cuesta alejarse totalmente de esta tendencia a la exageración que se nos ha enquistado y resulta muy difícil de extirpar.

Por eso, en ocasiones, suele caer en la trampa de la desmesura y perder el equilibrio que es esencial para gobernar para todos y no sólo para sectores que tienen capacidad -o sólo audacia- para hacer pública y fastidiosa su protesta o su presión. Esa demasía ha llevado a exagerar algunas posturas presidenciales -caso Canciller de España, o Presidente del BID-, cuando es notorio que el propio Kirchner va buscando los imprescindibles equilibrios para llevar al país en el camino del desarrollo y el crecimiento.

La misma demasía es la que ha determinado cierto apresuramiento en la conformación de una línea ´kirchnerista´, cuando el simple desarrollo de la gestión y de los acontecimientos debe desembocar -si los resultados son buenos- en la consolidación del proyecto presidencial. Ser Presidente de la República o incluso Gobernador de una provincia no es poca cosa en nuestro país y debe valorizarse en su justo punto la importancia que tiene.

La pulseada con el FMI es -también- una pulseada entre la desmesura y el equilibrio que debe prevalecer en los actos de gobierno. Afortunadamente parece primar el sentido común, manteniendo la postura del país sin someterse a la demanda extemporánea del Fondo, que también tiene sus desmesuras.

Sin embargo, muchas veces la discusión sobre temas menores nos entretiene y determina que demoremos el debate sobre cuestiones esenciales. Incluso suele paralizar la gestión. Como si el árbol nos tapara el bosque.


 
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