Reprimir los instintos ha sido la base del progreso humano. Negarlo es negar la esencia de la civilización misma. Instintos que, para colmo, también posee el Ratón y no son escasos.
Alfonso debe cuidar tanto sus libros como su heladera de los continuos embates de Lexus. Ya que éste, a pesar de ser bastante civilizado, no se reprime demasiado a la hora de enfrentarse a una grande de muzza, por ejemplo. Su acelerado metabolismo, lo apremia. Debe mantener su equilibrio corporal, al igual que Alfonso, debe mantener su equilibrio psíquico, el de su heladera y el de su presupuesto.
Esta faceta instintiva del, por lo general, estoico roedor, suele resultarle a su compañero, tan molesta o más, que sus cuestionamientos éticos, estéticos y filosóficos en general. Da rienda suelta a su naturaleza ratona. No se priva del impulso de roer, tanto una provoleta como una boleta. Ya sea una factura de gas, agua, luz o crema pastelera. Sin importarle que estén vencidas o no. Tampoco discrimina entre diarios, revistas, archivos, trámites, papeles sin valor, documentos o, lo que es peor, trabajos que Al, debe presentar. Esto es algo que lo irrita muchísimo y que se potencias aún más, ante la apatía o justificaciones, que Lex presenta por estas acciones. Entonces, ¿por qué soportar tantas molestias, tantos problemas, provocados por un roedor al que Alfonso, podría apartar, sin mayores dificultades, de su vida? Simplemente, porque la fuerza de la amistad tiende a elevar los límites de tolerancia, por sobre los niveles de dificultad. Y, justamente, es la amistad, la que prevalece en las vidas de estos dos especímenes. Aunque, a menudo, no lo parezca.



