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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 14/ene/2004 de La Auténtica Defensa.

2003: Del apocalipsis a la resurreccion




 

Buenos Aires, (especial para Noticias Argentinas, por Daniel Casal) -- Los pronósticos apocalípticos reinaban a principio de 2003 en una Argentina que aún soportaba los ecos de la peor crisis económica de su historia, tras el ruidoso derrumbe de la Convertibilidad y la aplicación sin anestesia de la devaluación y la pesificación.

La mayoría de esos mismos pronósticos auguraban aún peores tempestades para el año, como un dólar a 10 pesos, hiperinflación y más crisis social.

Si bien hacía unos meses que el dólar podía ser controlado por el Banco Central y eso había descomprimido en parte la situación, nadie apostaba demasiado a la gestión del ministro Roberto Lavagna en un gobierno presidido por Eduardo Duhalde.

El año comenzaba sin acuerdo con el FMI, y mucho menos con los acreedores privados, con el corralón financiero aún erigido como una de las mayores trabas para la actividad y una gran vergüenza para el ánimo colectivo.

La desocupación ya estaba instalada por encima del 20 por ciento, y la pobreza y la indigencia asolaban como nunca a un país que en otra época supo ubicarse entre los diez primeros del mundo.

El complejo cuadro económico se desarrollaba en un alambicado escenario político con un casi desconocido Néstor Kirchner que había sido ungido por Duhalde, líder del único aparato político que funcionaba en el país, el justicialismo bonaerense, tras el derrumbe del menemismo y de la Alianza.

Por esos días se venía por delante el calendario electoral menos propicio para un país en crisis, con elecciones presidenciales y a otro cargos electivos durante prácticamente todo el año.

Esto constituyó otro desatino político y dejó muy lejos los reclamos de gran parte de la sociedad, que pedía una suerte de ¨Pacto de la Moncloa¨, similar al que sentó las bases del despegue español. Pero por estas pampas resultó casi siempre una tarea imposible hacer confluir ideas en pos de objetivos superiores.

Si bien a mediados de 2002 se había producido un quiebre en la tendencia descendente de la economía cuando el Banco Central logró frenar al dólar, nada hacía pensar a principio de 2003 que en pocos meses se volvería a hablar de producción, crecimiento o crédito.

Sin embargo, el año termina con más del 7 por ciento de crecimiento de la economía y proyecciones similares para adelante.

Nadie tiene mayores temores por la inflación, luego de meses de estabilidad, y la gente comenzó a desatesorar dólares y, de a poco, regresa a los bancos.

Sólo en diciembre los depósitos aumentaron más de 600 millones de pesos, entre bancos públicos y privados.

El mercado de créditos es aún incipiente, pero más que nada por la desconfianza de los ahorristas luego de tantas frustraciones que por la decisión de los bancos, en los cuales se verifica una muy importante liquidez.

En forma lenta se da una baja de tasas, aunque a ritmo más lento de lo que se esperaba ante tanto dinero atesorado en los bancos y la escasez de negocios.

Aparecieron en la escena otras inesperadas opciones de inversión, como los títulos públicos y el euro, la moneda europea que le está ganando terreno al dólar.

. Cambios decisivos.

Entre las siete plagas vaticinadas a principio de año y el panorama más alentador que se vislumbra ahora, sucedieron varios cambios económicos y políticos de suma importancia.

En enero, el gobierno duhaldista sacó con fórceps un acuerdo con el FMI de corta vigencia con el fin de evitar que el país caiga también en cesación de pagos con los organismos de crédito.

Esto le dio un poco más de oxígeno a una administración que intentó sacar fuerzas de una flaqueza congénita: la de haber asumido como producto de la crisis y no por la voluntad popular.

Lavagna se había convertido ya en la carta de garantía de los acuerdos, como así también del lento retorno de la confianza en la golpeada comunidad de negocios.

Firmado ese acuerdo, se pudo avanzar, aunque trabajosamente, en el camino electoral que llevó a Kirchner a consagrarse presidente con el 22 por ciento de los votos en una primera vuelta que perdió por escaso margen con Carlos Menem, quien no se presentó en el ballotage, generando así otro cimbronazo político que en ese momento era de imprevisibles consecuencias.

Todos temieron por la suerte de un gobierno que nacía débil yque debía asumir desafíos gigantes.

Conocedor de esta debilidad, el santacruceño tuvo como objetivo acumular rápidamente poder para lograr así superar la anemia inicial.

En principio, logró consensos entre los sectores que habían sido relegados en la última década, como la pequeña y mediana empresa, en lo productivo, y el denominado ¨progresismo¨, en lo político.

Pudo desplegar certeza con la ratificación de Lavagna en el Ministerio de Economía, aunque le colocó muy cerca a un hombre de su estrecha confianza, a Julio de Vido, en el creado Ministerio de Planificación.

El nombramiento de De Vido le puso ciertos límites al amplio depliegue de Lavagna, cuyo poder había hecho caer a dos presidentes del Banco Central, Mario Blejer y Aldo Pignanelli.

El nuevo titular de la autoridad monetaria, Alfonso Prat-Gay, supo moverse en las siempre agitada aguas que propone el titular de Hacienda.

Con gestos más efectistas que efectivos, endureció la negociación con el FMI y también con las privatizadas por el tema tarifario.

Tras varios meses de febriles negociaciones, en septiembre pasado se logró un nuevo acuerdo con el FMI, esta vez a tres años de plazo, aunque con estrictas pautas de supervisión.

Se acordó allí un superávit anual del 3 por ciento del PBI, unos 14.000 millones de pesos anuales, una meta que requerirá de sacrificios para todos.

Los más duros del organismo, encabezados por Anne Krueger, se resistieron a la firma, pero la presión de los Estados Unidos inclinó el fiel de la balanza.

Los tiempos habían cambiado para el gobierno de George Bush y ya no miraba sólo Medio Oriente despreciando América Latina, como en tiempos del insensible Paul O´Neill, aquel que decía que la Argentina no le iba a sacar la plata de los plomeros o carpinteros estadounidenses.

Se fue O´Neill, llegó John Snow, y América Latina comenzó a ubicarse de nuevo como prioridad, ante la necesidad de conformar el ALCA, que debe constituirse como un muro de contención ante los bloques de Europa y la creciente Asia.

Ante esto, el país pudo sacar ganancia de pescador y pudo firmar un nuevo acuerdo que, si bien está lejos de la panacea, parece dejar aire para pensar en el crecimiento.

Sobre fin de año se vieron los primeros escollos en el camino de este entendimiento, debido a que los acreedores privados presionaron para que el país acelere los tiempos del acuerdo y amplíe la meta del superávit del 3 por ciento.

Sucede que ese objetivo sirve exactamente para cumplir con el Fondo, un organismo que durante 2003 recibió duras críticas por su receta ortodoxa universal, es decir, aplicada a todas las circunstancias, por más distintas que fueran.

Apenas sellado ese acuerdo con el FMI, el Gobierno comenzó las tratativas con los acreedores, que se cuentan en miles, dispersos en distintos países.

La propuesta consta de un recorte del 75 por ciento de las acreencias y la emisión de tres tipos de bonos que combina plazos y condiciones.

En síntesis, los tenedores de bonos deberían aceptar menos dinero a menor plazo o mayores cobros pero a tiempos más prolongados.

La ofensiva desatada a fin de año para que el país flexibilice su postura fue feroz, y sólo durante los próximos meses se conocerá el resultado, como así también de los juicios contra el país que los acreedores iniciaron en tribunales internacionales.

En medio de estas complejas tratativas se metió en los últimos meses el tema de las tarifas de servicios públicos, ante la presión que ejercieron los delegados europeos en el FMI.

El Gobierno se mantuvo en sus ´trece´, es decir, analizar contratos antes que autorizar aumentos, aunque se dan por descontados algunos incrementos durante 2004.

En el tránsito de las negociaciones con las privatizadas se cayó la primera gran concesión: la del Correo, dirigida por Francisco Macri, quien ahora tiene un impedimento judicial para salir país.

La concesión de los aeropuertos pareció salvarse a última hora, mientras que es incierto el futuro de Aguas Argentinas. Las telefónicas y las petroleras quedaron a salvo merced a anuncios de inversiones y negociaciones directas con lo más alto del poder.

La paulatina recuperación de la economía, impensada hace doce meses, proyecta un alentador 2004, según coinciden prácticamente todos los pronósticos.

Influye, por supuesto, que el año próximo no habrá fuertes vencimientos de deuda. Otra realidad distinta plantea el 2005, cuando se comenzarán a acumular los pagos.

Quedará, además, la gran tarea pendiente, que es reducir el desempleo y la subocupación, lo que hace que 5 millones de argentinos tengan problemas de trabajo.

También la de dar solución urgente a la pobreza, ya que el 60 por ciento de los hogares se encuentra por debajo de esa línea y la mitad cae directamente en la indigencia.

Ningún modelo económico, ni proyecto de país, es viable con tanta gente alejada de los circuitos de la producción y el consumo, hundida en la marginalidad y la desesperanza.


 
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