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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 25/ene/2004 de La Auténtica Defensa.

CHICOS DE LA CALLE
Por Nancy González




 

¨Callejeros¨ en un cuento de mi autoría, que cuenta las desventuras de un chico de la calle y un perro. Un día en un encuentro casual con la Ingeniera, escritora y docente de nuestra ciudad, Cristina Blotta, me contó que le había leído ese cuento a un grupo de alumnos suyos y uno de ellos (de diez años, aproximadamente) le había dicho: ¨Eso no es un cuento, eso nos pasa...¨

Me quedé sin palabras. No porque me creyera tan original, como para no saber que es un relato ficcional que copia la triste realidad de más de 300.000 chicos en nuestro país. Sino, porque como muchos de nuestros problemas sociales, los creemos más allá de nosotros. Lejos de nuestra manzana, de nuestro barrio, de nuestra ciudad...

Pero están allí y nos miran esperando de nosotros una reacción, un movimiento, algo que se transforme en respuesta, en acción, en cambio.

La problemática de niños y adolescentes que viven y trabajan en la calle se fue agravando en los últimos años, debido en parte, a las consecuencias de una profunda crisis socioeconómica (desempleo, precarización del trabajo, infantilización de la pobreza, desintegración y violencia familiar) y en parte, al desplazamiento del Estado en cuanto a su compromiso social.

Mientras esto ocurre, parecemos expresar resignación frente a la incapacidad objetiva de resolver los problemas estructurales que afectan a estos niños. Más allá de los esfuerzos de organizaciones civiles, comedores populares, escolares y demás, no aparece la posibilidad de imaginar estrategias alternativas que permitan darle solución a corto y largo plazo. Entonces, no limitamos a ver los noticieros y programas periodísticos, como una película más. Nos preocupamos. Evaluamos. Juzgamos. Y en un automático zapping: lo dejamos atrás.

Un día planteando un caso de padre abandónicos en un tema de salud, alguien responsable de acción social me dijo: ¨Y bueno, si los padres no se ocupan... ¿Qué podemos hacer?¨. El asombro me dejó atónita. Evidentemente el problema socio - económico es más grande aún, si no tenemos leyes que nos protejan, nos amparen y se hagan cargo.

Pero el problema es mayor. Porque no vivimos bajo la ley de la selva, ni en el lejano oeste y sí, existen leyes que dan recursos, amparan y rescatan, en el peor de los casos, pero no se cumplen, ni se hacen cumplir. ¿Por qué? Por negligencia, por incapacidad y por ignorancia.

En un trabajo que realizara un equipo interdisciplinario en hospitales de Capital Federal, se descubrió, entre otros cosas, que aproximadamente el 20% de los médicos desconocen la Convención Internacional de los Derechos del Niño (Incorporada a nuestra Constitución Nacional). Lo cual, impide que cuando llegan casos de menores a las emergencias hospitalarias, actúen correctamente en cuanto a los recursos de contención social y jurídica. He incluso consideren la mejor ayuda tras atenderlos, darles dinero y dejarlos ir.

Los servicios sociales municipales también suelen funcionar de igual manera. Pero, con propósitos menos bien intencionados. Darle dinero a padres abusadores o abandónicos, suele ser políticamente más redituable que asistir al menor. Un voto es un voto.

Así el problema crece, dando gritos ensordecidos por nuestra incapacidad. Mientras la mortalidad infantil avanza engolosinada por tanto terreno fértil.

La violencia, el maltrato y los accidentes impactan negativamente sobre todos los aspectos de la salud infantil. Consecuentemente aparecen la deserción escolar y los problemas de aprendizaje. Luego en la adolescencia, la depresión, el suicidio, la delincuencia, las drogas y el alcohol afectan a un número creciente de personas en desarrollo.

Pero, particularmente la pobreza, que asociada con la desnutrición y la inclusión de los niños en el mundo del trabajo, devasta su calidad de vida y asesina al hombre que pudo ser.

Los chicos de la calle se hacen transparentes. Los vemos y seguimos caminando. La sociedad no se escandaliza y ésa es la peor forma de violencia contra ellos. Desde nuestra individualidad, quizás no podamos hacer mucho, pero empezar por verlos y mirarlos, como espejo de la sociedad que somos y hacia donde vamos, sea un punto de partida para el cambio.


 
P U B L I C I D A D






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