Buenos Aires (Especial para NA por José María Suárez) -- Hacía ya mucho tiempo que no me tomaba vacaciones en mi habitual trabajo de periodista, pero este año 2004 decidí modificar la costumbre y me dediqué a poner al día mi archivo de notas para ordenarlo con el fin de tenerlo a mano por si alguna de ellas pudiera utilizarla hoy para recordar hechos y revivir alguna historia que nos fuera útil en los días actuales. ¨Cómo jugaba el Santos de Pelé¨ la publiqué en un diario de La Plata el 13 de marzo de 1995, casi 10 años ha. La releí casi media docena de veces, digan si no es linda para que los que no tuvieron la suerte de ver al Santos de Pelé se enteran de cómo jugaba, aunque algunos no lo crean.
¨En primer lugar en el Santos no había misterios, a sus vestuarios se podía entrar con absoluta libertad, sus puertas no se cerraban nunca, ni antes ni después de los partidos. No había voces bajas ni miradas torcidas, ni instrucciones raras, nada de esas tonterías a las que nos tienen acostumbrados los equipos de ahora. Faltando cinco minutos para salir al campo el capitán se ponía de pie y el resto a seguirlo detrás. Si el periodismo quería permanecer en el vestuario podía hacerlo, ni siquiera se preocupaban por cerrar con llave, apenas si quedaba un auxiliar por si las moscas...
¨El Santos jamás se entrenaba especialmente como hoy nuestros equipos, aclaro, jugaba los sábados, los domingos, a veces los martes, de tanto en tanto los jueves y también los viernes. El resto de la semana, y hasta los días que actuaban oficialmente sus jugadores los pasaban viajando de aquí para allá y de allá para aquí. ¨Lamentablemente no tenemos tiempo para practicar¨, nos decía el arquero Agustín Cejas, el que jugó en Racing, ¨porque los pasillos de los aviones son muy chicos¨
Los de Pelé contaban con una defensa simple, casi floja, su fuerte estaba adelante, no les importaba demasiado que les marcaran cuatro goles si ellos podía sumar cinco, si estaban empatando faltando un minuto para terminar no era raro que pasaran a ganar sobre la hora y lo mismo sucedía si iban perdiendo, contra el Santos de Pelé nadie podía cantar victoria hasta la pitada final del árbitro.
¨El fútbol es un juego para trabajarlo de pie -aseguraban sus jugadores- y para demostrarlo solían efectuar apuestas entre ellos. Quien al concluir un partido mostraba su camiseta, totalmente limpia al comienzo, más embarrada o sucia, debía pagar una cena para todos por lo que muy pocas veces se los veía por el suelo a pesar que los contrarios les daban con un fierro. Previo a los partidos no extrañaba a nadie verlos fumar a los que gustaban del cigarrillo sin tratar de ocultarse, ni de los dirigentes ni del director técnico, ni a otros leyendo diarios, revistas o libros. Nadie hablaba del partido por jugarse, nadie sabía de antemano qué táctica emplearían ni el técnico pronunciaba una sola palabra sobre el tema en ese momento, quizás lo habían hecho antes pero, en el vestuario, antes del partido, nunca. ¨En la cancha cada uno verá que le deja hacer el contrario¨ era la respuesta del técnico para quien le preguntaba cuándo daría las instrucciones.
Con respecto a Pelé una sola palabra, ¨fenómeno¨. Ningún compañero se quejaba porque disfrutaba de privilegios, porque viajaba en clase ejecutiva en los aviones mientras el resto lo hacía en turista, ni tampoco porque él gozanba de remuneraciones mucho más altas que las de los otros.
¨¡Qué íbamos a protestar -contaba Ramos Delgado, otro argentino- si gracias al negro vivimos como reyes y cada fin de mes nos llenamos de guita la billetera!¨.
Así era el Santos ¨de Pelé¨, un grupo de futbolistas atorrantes amigos y serios comandados por un genio que había nacido exclusivamente para jugar al fútbol, así de simple, para jugar al fútbol.



