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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 08/feb/2004 de La Auténtica Defensa.

Esto que pasa
Paciencia infinita




 

Buenos Aires, (especial para Noticias Argentinas por Pepe Eliaschev) -- Esta es la pura verdad: habrá que tener una paciencia infinita. Las soluciones no serán, en ningún caso, contundentes ni integrales. La Argentina seguirá repechando una cuesta empinadísima, sin tener certeza alguna de que la aguarde una cima compensatoria. El país se metió en un oscuro y profundo agujero de soledad.

Si después de la delirante guerra de 1982 contra Gran Bretaña, fueron necesarios diez años para reinsertar de alguna manera al país en el mundo, la quiebra proclamada por la Argentina en 2002 es un colapso que no acaba de concluir.

La nación puso esmero en salir ordenadamente de la estampida de cara al Fondo Monetario Internacional y sus organismos más o menos colaterales. Pero la devaluación y quiebra que se despeñaron clamorosamente entre diciembre de 2001 y enero de 2002 fueron acontecimientos de tamaña magnitud que su impacto comenzó a ser advertido realmente por el sistema financiero internacional a fines de aquel último año.

Tiene razón el Gobierno cuando ahora alega que no fue su responsabilidad haber gatillado esa catástrofe. Pero la administración de Néstor Kirchner no puede ignorar, a menos que se lo proponga, que los estados son receptáculos de continuidades jurídicas.

La Alemania democrática de 1948 en adelante tuvo que hacerse cargo (con generosa ayuda norteamericana, es cierto) de las reparaciones económicas producto de la Segunda Guerra Mundial precipitada por ¨otra¨ Alemania, la del Tercer Reich. Sin embargo, ambas Alemanias eran rostros de una misma cabeza, la de la continuidad histórica de esa nación.

La Argentina de Alfonsin ¨heredó¨ la calamidad autista de Malvinas. La de Kirchner recibe como legado la incapacidad de servir intereses de una deuda con privados nominalmente contraída en 81.000 millones de dólares.

El Presidente habla del ¨casino¨ de los años Noventa, pero algunos de sus ministros se ufanan de ser visceralmente peronistas y de haber votado a Menem no solo en 1989 (comprensible) sino también en 1995. ¿Acaso ese casino no estuvo abierto y lleno de parroquianos en esos mismos años, cuando la Argentina tomaba deuda comprometiendo tasas de interés demenciales?

El mercado financiero mundial no esta dividido entre buitres y colibríes, como piensa (¿ingenuamente?) el Gobierno. Si bien en el tramo privado hay desde siempre tres andariveles, por los que discurren los inversionistas que buscan rentabilidad moderada, buena y muy alta (los fondos llaman a estos últimos ¨agresivos¨), en términos de deuda soberana, o sea bonos emitidos por estados, resulta poco plausible que el tenedor de esos pagares se conforme mansamente a la hora de resignar las tres cuartas partes de su inversión.

Durante todo 2002, la onda expansiva del destructivo ¨big bang¨ de la quiebra estuvo contenida por el desconcierto ante lo que sucedía en nuestro país.

Tras la matanza de piqueteros del 26 de junio de aquel año, Eduardo Duhalde tuvo que llamar a elecciones. Los acreedores se sentaron a esperar que la Argentina reconstruyera su poder político. Tras los sucesos de abril-mayo de 2003 solo les quedo esperar lo que haría el nuevo presidente, entonces un ignoto patagónico llevado a la Casa Rosada por poco más de la quinta parte de los argentinos.

Kirchner ya no es ignoto, el poder se recompuso y la Argentina viene protagonizando un retorno apreciable a la normalidad productiva. En el bienio 2003- 2004 el país podría crecer un total agregado del 14 por ciento, con lo cual se posesionaría prácticamente en niveles similares al momento en que comenzó la recesion de 1998.

La hora de la verdad es esta. La negociación extraordinariamente áspera pero exitosa con el Fondo no era, ni podía ser, escindible del entuerto con los acreedores privados.

Desde la óptica del Fondo, la deuda con los privados debe ser negociada con ellos y no contra ellos, como parte inexcusable de un acuerdo que permita el retorno de la Argentina al mapa financiero internacional, con crédito y sin el fantasma abominable de los embargos y las inhibiciones que llenan de bochorno a nuestro país.

Pero pasa algo raro. La deuda es la deuda, dicen los acreedores. Se paga o se paga. Punto. Pero, ¿es siempre así?

Siempre es así, dicen, excepto cuando no es así. O sea: las excepciones son eso, casos puntuales en donde la decisión la impone una parte.

Hay, pues, casos de condonaciones, quitas sustanciales, prorrogas, guiños de ojos, distracciones sugestivas, olvidos parciales.

La Argentina no debe esperar eso. Recuerdo cuando, en medio de la locura de 2002, vino a la Argentina el entonces secretario del Tesoro de los Estados Unidos, O´Neill, y lo llevaron a ver como viven los pobres en una villa del Gran Buenos Aires. ¿Qué pensaban, que se iba a conmover e iba a dar la orden de que no se le pida a la Argentina que pague?

Naturalmente, las negociaciones son escenario de acuerdos convergentes en donde no hay lugar para la magia. Conviene entenderse: no es que el Gobierno carezca de argumentos sólidos cuando dice que no puede comprometerse a pagar lo que piden los demandantes, si es que el país habrá de seguir su camino de pacificación y reactivación. O es una cosa o es la otra, o pagamos como nos piden, y entonces el país se incendia, o nos permiten pagar como podemos ahora y la Argentina regresa a su condición de socio confiable del mundo. Lo reitera como letanía el exhausto vocero presidencial, Alberto Fernández, que después de hablar todos los días en todas las radios y a toda hora, a veces parece ignorar quienes son los amigos y quienes son los bucaneros.

Roberto Lavagna no ha viajado demasiado y sigue preservando un minucioso perfil de moderadísima pero enérgica actitud responsable. Por eso, si resolvió ir a Miami para ser recibido el lunes por Horst Kohler es porque la situación lo amerita.

En los frentes internos de las naciones con mayor cantidad de tenedores de bonos argentinos ya organizados para darle pelea jurídica y diplomática a nuestro país, la presión de los demandantes tiene correlatos políticos domésticos muy concretos.

Acreedores privados y empresas con activos en la Argentina son atendidos de manera particularmente esmerada por sus respetivos gobiernos. El apuesto ministro francés de Asuntos Exteriores, Dominic Villepin, no vino esta semana por 18 horas a Buenos Aires a escuchar las previsibles letanías de los intelectuales criollos que fueron a saludarlo al Club Francés. Culto y esmerado, admirador de Borges y el mismo un escritor de poemas, Villepin vino a interesarse por el dinero de los franceses en la Argentina, incluyendo empresas complicadas, como Aguas Argentinas, Edenor y Thales Spectrum, entre otras.

Por eso, por la naturaleza envenenada del asunto principal que hoy atribula al país, el Gobierno seguiría un camino fecundo si disminuye al mínimo su frecuente recurrencia a una verborragia que luego no puede ser sostenida en los hechos. Dicho negro sobre blanco: no ayuda un perfil querulante y sensiblero. Tiene el

Presidente elementos sólidos para proteger su línea de resistencia y en su visita de la semana pasada a España exhibió rasgos interesantes de pragmatismo y conducta contenida, sin privarse -eso si- de tomarse el tiempo para recibir a una parejita de connacionales a los que le va muy bien en Madrid pero dicen que ¨extrañan sus afectos¨ en Buenos Aires, los pobrecitos.

Es así: el romance va concluyendo y la Argentina tiene atinadas posibilidades de defender un camino que consolide la recuperación.

Le guste o no, el Gobierno tiene mucha responsabilidad en que este escenario modestamente virtuoso no derive en uno sombrío. www.pepeeliaschev.com.ar pepebis@arnet.com.ar


 
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