Hace unos días me encontraba hablando con personas que están viviendo en el interior del país. Una de las consultas que realicé, casi obligado por las caras de miedo que presentaban, fue sobre la inseguridad y como la sentían desde tan lejos. Esto fue el detonante de una larga charla, muchas veces exagerada, pero reales y con ejemplos de sus pueblos.
La magnitud de la inseguridad del Gran Buenos Aires y Capital Federal, para nuestros hermanos del interior es ¨Buenos Aires¨ todo junto, daba la triste realidad de una guerra campal entre ladrones y policías. Entendidos, cuando a la hora de realizar comentarios sobre los temas de las corruptas cúpulas policiales y mafias políticas, al comentar sobre los hechos en sus pequeños lugares que no se alejaban de lo que ocurre en nuestro país. Pero con asombro cuando en la capital te matan en cualquier esquina o te roban sin previos en algún rincón oscuro. Peor es la forma atroz de secuestrar y pedir cualquier cantidad de dinero, tanto a trabajadores como a millonarios. Pero en fin, todos los ¨porteños¨ somos víctimas del incesante avance de la delincuencia. Molestos gestos en sus rostros y firmeza confirmando cada hecho, eran las características de estas personas que habitaban los lejanos pueblos del interior.
Esto merecía una interpretación, sobre inseguridad e información. La primera existe en proporciones menores a la segunda, que se extiende y pregona con la velocidad de un rayo. El porqué de las agravantes gesticulaciones en sus rostros, es por la forma en que se retransmite lo acaecido en la cercana Ciudad Autónoma de Bs. As. y sus alrededores, tiñendo con sangre cada conflicto y repeticiones varias de los hechos. Esto lleva a la confusión, si se repitió o volvió a ocurrir, para el espectador que no quita su costumbre pueblerina de guardar las bicicletas a la noche, después de una larga estadía en la calle.
Informados estamos, que los secuestros no son parte de un tours vacacional de nuestra capital y que los hechos violentos son llevado a la práctica por grupos comandos bien entrenados. Si hay, como en todas partes, pequeños rateros que son parte de la cola de este tren delictivo. Nuestros compatriotas del interior nos ven en estado de guerra continua, gracias a los medios desinformantes que, con accionar político, sacuden en horrendas imágenes el bombardeo de la psiquis de cada ingenuo televidente.
Llegar a creer que uno será parte de un secuestro, cuando en realidad una ínfima capa social es afectada por estos hechos, es no ubicarse en tiempo y espacio. Las ostentosas vidas llevadas durante esta última década, dejó el terreno sembrado para los actos delictivos que hoy ocurren. De ninguna manera se justifica lo salvaje y morboso de los actos, porque el estado en que se recuperan las victimas es infrahumano. Otro es el margen de pobres que no tienen ni monedas en el bolsillos y que los delincuentes profesionales no buscan para robarles, todo lo contrario, los contactan para realizar las tareas sucias y luego pagarles migajas.
Las mafias que se presentan, son reflejo de una sociedad que habla del robo por parte de los dirigentes del pueblo en general, surgen frase como: ¨Si ellos roban, porqué nosotros no lo podemos hacer¨. Esto se presenta en muchos jóvenes que hoy ven como su futuro comienza a desaparecer, gestando un estado de inconsciente colectivo, en donde la vida siempre es jugada en una ruleta o un bingo. Vivir o morir, mejor morir. No por una noble causa, si no, por unas pocas monedas y la tarea de llevar en las espaldas una muerte cualquiera. Si para un Estado la vida de un anciano, un niño desnutrido, un enfermo terminal no es más que un número estadístico. Para estos precoses delincuentes, ser parte de la variable poblacional, no es un drama que le ocupa pensar, es parte de sus vidas cotidiana.
Se necesitarán años para revertir las falencias que tiene nuestro país. Pero como siempre se expresó, no es la Argentina un modelo delictivo ocasional, es toda nuestra América y por cierto, son todos los países que sufren el flagelo de falta de educación, hambruna extrema y contención social insuficiente. Hoy de a poco tomamos conciencia. Nuestros chorros no viajan a Brasil a robar en las playas, no pueden hacerlo. Ni mucho menos, las oportunidades de viajar por gran parte de la población al exterior a realizar vacaciones eternas en playas paradisíacas, son solo reflejos de una sociedad disparatada. Que no importa como estamos, sino cuan lejos me voy, y que en otro lugar voy a estar mejor. O me quejo desde Miami por e-mail, viendo TV satelital.
dariomartinamaru@yahoo.com
El autor es miembro del Centro de Estudios Literarios y
Periodísticos del Taller-Escuela Mariano Moreno.



