Todas las noches Elena realiza el mismo ritual. El reloj marca las diez, apaga el televisor y se dirige a su habitación llevando consigo los recuerdos de su historia. En penumbras, enciende la vela con aroma a jazmín ubicada sobre la cómoda, y la luz de esa gota de fuego comienza a esparcirse, iluminando los retratos de aquellos que ya no están a su lado. Sus abuelas, ambas llamadas Elena, que dieron origen a su nombre. Su madre, María, una mujer que dejó una estela de fortaleza, trabajo y superación. Su cuñada Liliana, quien le enseñó a vivir libre, sobrepasando los límites en busca de sus ideales. Su marido Esteban, un hombre justo, afectuoso padre, buen amante, y fiel compañero. Finalmente, la última foto que agregó hace cuatro años, el retrato de su hijo Francisco. El más pequeño de sus hijos, el más joven y vivaz de todos. Humilde y despreocupado por las cosas mundanas, adolescente, apasionado por la naturaleza, bondadoso y caritativo. Su partida dejó a Elena sin consuelo: La culpa y el dolor se apoderaron de ella.
Allí esta Elena, sentada al borde de la cama con sus cincuenta y seis años y su espalda doblada por el peso de sus sufrimientos. Contempla las imágenes y viaja en el tiempo. Son sus recuerdos los que aún la mantienen en pie cada día, es por eso que cada noche se esfuerza por traerlos de vuelta. Recorre cada detalle de su vida, fueron sus errores los que marcaron su aprendizaje. Fue el dolor de cada pérdida lo que la hizo más fuerte. Son las risas y los abrazos los que le dieron la alegría. Pero a medida que los años transcurren, las miradas y las expresiones se vuelven vagas y borrosas. Y sus memorias pierden consistencia, las imágenes no bastan. Elena quiere volver a tocarlos, abrazarlos y sentirlos. Desea escucharlos y revivirlos. Entonces, los imagina, siente sumergirse y bucear en ese pasado, tratando de convertirlo en su presente. Pretende que se queden con ella porque así se siente fuerte y segura. Se aferra sin querer soltarlos; Siente que si los suelta se desintegra su existencia misma.
Repentinamente, una fuerte brisa entra por su ventana, se aproxima una tormenta. La llama de la vela se extingue y Elena sale de sus espejismos, de su presente que es pasado y se siente caer. Sin duda, ésta no es una noche cualquiera, presiente algo sublime. Y, como si tuviera sus ojos vendados, se encuentra entre tinieblas. Permanece inmóvil, sintiendo solo su respiración y el sonido del viento al chocar entre las hojas de los árboles. Su pulso se acelera por un instante; y luego una gran pausa, el tiempo se detiene. Su conexión con lo sagrado y supremo nunca fue tan firme. Sus sentidos se agudizan y muy dentro de si tiene una única certeza: Hay que soltar y confiar para poder saltar. Si con sus muertos se desvanece todo lo que algún día le dio significado a su vida, entonces llegó el momento de volver a empezar. Como un niño que recién viene al mundo, debe resignificar lo que hasta entonces le era conocido. Y al igual que después de una noche trágica y tormentosa, sabe que el alba llena de transformaciones se avecina.
Cuantas veces nos quedamos en el pasado, al igual que Elena, nos aferramos a recuerdos queriendo volver a vivir aquello que ya no está. Pensamos cómo hubiese sido si las cosas hubiesen sido distintas; si tan sólo pudiéramos haber hecho algo diferente, tal vez hubiéramos cambiado nuestra historia, tal vez ahora tendríamos paz. Revisamos y examinamos lo vivido, las relaciones, el encuentro con los demás, cuestionamos el pasado una y otra vez.
Sin embargo, no se trata de tener que comprender, sino de aceptar y abrazar nuestra historia, con todas sus alegrías, así como también con el sufrimiento y el dolor. De ésta forma, cuando aprendo a vivir con mi pasado, puedo soltarlo para dar paso a un nuevo despertar. Puedo ver más allá y encontrarme con el único momento que me pertime actuar y conectarme con todos los sentidos. Ese instante efímero y único en nuestra existencia es el presente, aquí y ahora.
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