Hace unos días, los medios periodísticos nacionales, daban cuenta de una serie de marchas multitudinarias que se llevaron a cabo en distintas plazas y avenidas del País, bajo la consigna "Ni una Menos" en contra de la violencia de género.
La cuestión sobre la violencia de género es un tema que parece no tener fin. Un sin número de factores inciden para que los resultados de tan aberrante delito no disminuya, a pesar que en los últimos tiempos se han dictado leyes como la tipificación del delito de femicidio y creado dependencias oficiales para tratar el problema.
Las mujeres víctimas de maltrato físico o psicológico están expuestas a sufrir daños que a veces, como leímos, son irreparables.
La mujer, no tiene por qué ocultar este problema, ni sentir culpa o vergüenza por lo que le sucede sino, exponerlo y buscar ayuda urgente para salvaguardar no solo su integridad psíquica y física, sino también la de sus hijos.
Hoy, acompañando la consigna "NI UNA MENOS", quiero dejar al lector un breve relato al que llame "Albina", donde intento reflejar uno de quizás miles de casos de violencia de género que hoy mismo puede estar ocurriendo en muchos hogares argentinos.
"ALBINA"
Sintió un tironcito en su pantalón, se dio vuelta y vio parada frente a ella a Rocío, la menor de sus tres hijos de 4 años.
-¿Que pasa Ro?, ponete ahí que estoy cocinando-, le dijo corriéndola hacia un costado.
-¿Papi va a venir tarde hoy?-, preguntó la nena con tono preocupado
Pensó un instante y mientras besaba su frente contestó:
-No te aflijas hijita, papi ya va a llegar, ahora anda a juntar los juguetes que vamos a cenar-, le dijo dándole una suave palmadita en la cola.
Alzo la vista, el reloj marcaba las ocho de la noche, él, volvería a llegar tarde.
La cena estaba lista, se apresuró a servírselas, quería que pronto fuesen a sus camas.
Cerró la puerta de la habitación y les apagó la luz.
¡Ojalá se duerman pronto!, pensó mientras regresaba a la cocina a lavar la vajilla.
El rechinar del portoncito del frente, delató su llegaba. Eran ya, las once de la noche. Su corazón se aceleró de tal manera, que parecía salírsele del pecho. Sintió otra vez esa sensación de miedo, que concia muy bien, que la atravesaba íntegramente cuando él, regresaba tarde a casa.
Sabía que utilizaría cualquier excusa para volver a golpearla, como siempre, como hacía años.
La puerta se abrió y el viento helado del invierno ingresó junto con él a la vivienda.
-Buenas…-, dijo intentando un saludo.
Hola…, respondió ella con voz temblorosa
-¿Esta lista la comida?-, preguntó alzando la voz
-Sí, te lo caliento y te lo sirvo…-, contestó suavemente intentando disimular su temor.
Cuando acercó a la mesa el plato humeante, Juan la tomó fuerte de los cabellos y esto le hizo girar la cabeza hacia él,
-Es la última vez que llego a casa y la comida no está caliente, ¿estamos?-, dijo amenazante.
El aliento a alcohol delataba lo ebrio que estaba. Haciendo un ademán para que la suelte, le dijo:
-Por favor, no grites, los chicos duermen, perdóname… no sabía a qué hora llegarías-
-¡No me importan esos pendejos! ¡Este guiso de mierda esta frio! lo haces a propósito ¡hija de puta!- Gritó mientras arrojaba el plato de comida al piso.
Cuando por fin, pudo quitarle la mano de sus cabellos, se corrió unos pasos hacia atrás
El ruido y los gritos, despertaron a los chicos, que parados en la puerta, observaban la escena llorando.
-¡Mami!-, exclamó Rocío y corriendo se abrazó a sus piernas.
Incorporado de la silla y algo tambaleante, se abalanzó sobre Albina. Daniel, el hijo mayor de ocho años, se acercó, saco a su hermanita del lugar y se encerró junto a ella y su otro hermano de seis años en la pieza intentando protegerlos.
Los ruidos, golpes y gritos, parecieron durar una eternidad. Él, les había dicho a sus hermanitos que cuando escuchen ruidos, se tapen los oídos y cierren fuerte los ojos hasta que les avise que podían volver a abrirlos.
Por fin, todo quedo en silencio. La puerta de la pieza se abrió lentamente e ingresó albina. A media luz, Danielito observó que tenía todo el pelo revuelto y su ropa desgarrada. Los tres corrieron a abrazarla, ella, apretujándolos muy fuerte, les dijo en voz baja
-¡Shhh!, ya está hijitos, todo pasó, no tengan miedo, papi se acostó a dormir-.
Su hijo, mirándola fijamente a los ojos, le dijo:
-Mami, cuando sea grande, quiero llevarte lejos, que los cuatro vivamos en una casita linda, que tenga un patio grande donde podamos jugar, pero lejos, muy lejos, donde papi no pueda venir a asustarnos-.
-Los abrazó aun con más fuerza. Durmieron uno al lado del otro, con la puerta de la habitación cerrada con llave.
Esa noche, quizás influenciada por las palabras de su hijo, Albina soñó que vivía sola junto a sus hijos, en una hermosa casa blanca de techo rojo, en el medio de un gran prado plagado de flores multicolores. Vio a Daniel, acercándose con un ramo de ellas en sus manos, mostrando una sonrisa que iluminaba aun más su rostro. En ese sueño, ella era feliz y no tenía miedo.
Carlos Romero / Carlosromero442000@yahoo.com.ar



