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» Este artículo corresponde a la Edición del jueves, 25/mar/2004 de La Auténtica Defensa.

TRIBUTO AL PRIMER LEGISLADOR SOCIALISTA
Por Conrado Moreno




En La Nación del 12 de Marzo de 2004, la periodista Laura Capriata, comentaba que hace cien años, el doctor Alfredo Palacios se convirtió en el primer legislador socialista de la América Latina.

Con respecto a su brillante personalidad, puedo afirmar que Ramón Columba, jefe de taquígrafos del Congreso Nacional, autor de "El Congreso que yo he visto", editado en tres volúmenes, precisamente en el último libro, página 19 y en el capítulo subtitulado "Por la dignidad del Alto Cuerpo", expresa textualmente: "La dictadura de Uriburu va a ser sometida a proceso desde una banca senatorial. Es el doctor Alfredo L. Palacios quien promoverá la cuestión en el alto Cuerpo, donde también ocupa un asiento, como senador, el doctor Matías G. Sánchez Sorondo, ex ministro del Interior del gobierno provisional. Pero al anunciarlo el senador por la Capital, no anticipó la fecha en que lo haría. Y así van pasando los días que el senador socialista emplea en reunir antecedentes, hasta que una tarde, al abrirse la sesión, pide la palabra el doctor Sánchez Sorondo y ante el asombro de los periodistas de la barra, y del escaso público que ocupa las galerías, él es el que aborda la investigación sobre "supuestas torturas" –dice- cometidas en la Penitenciaría por orden del gobierno provisional, las que servirían de base a la cuestión que ha prometido plantear el senador Palacios.

El discurso de Sánchez Sorondo es de atrevida mordacidad: "Una comparsa que a Baldasarre tiene por capitán y al señor senador por flautista, habla de torturas en la cárcel, bajo mi inspiración, pero esa baba no llega a la suela de mis zapatos".

Agrega cosas peores, y contestando una frase de palacios, le oigo esto:

-¿Qué dice? ¿Qué yo he recogido la basura? ¿Yo sería dueño de la basura? ¡Yo no soy dueño del señor senador!

Los ojos de todos se posan en los populares mostachos que reciben, enhiestos, la tumultuosa acometida. Para la barra, el match acusa acometividad de una sola parte. Y el público se sorprende al ver que el campeón atacado va absorbiendo el castigo con una paciencia que pareciera estimular los arrestos del "Challeger" uriburista.

Al ver esto, el presidente, doctor Roca, agitando fuertemente la campanilla, atrae sobre sí la atención de la sala, y, dirigiéndose a Sánchez Sorondo, le expresa su desagrado en estos severos términos:

-¡Permítame, señor senador! La presidencia está obligada a velar por los respetos que mutuamente se deben los miembros del Senado, y testará del Diario de Sesiones las expresiones que acaban de escucharse, y que son antirreglamentarias.

Pero el senador Palacios se opone, y, como queriendo detener en su intento al presidente del Senado, ruge levantando su diestra abierta:

-déjelo no más, señor presidente, que ya demostraré la responsabilidad directa del ex ministro de la dictadura e las torturas de la cárcel, que ahora pretende negar!...

esta palabras son desoídas por el presidente en su afán de imponer un correctivo al lenguaje, que él considera excesivamente irreverente, del senador Sánchez Sorondo, quien, con una elegante y forzada sonrisa, parece querer neutralizar la admonición.

-puede el señor presidente borrar lo que quiera. Nada voy a perder...

A lo que responde instantáneamente el doctor Roca:

-¡No es cuestión de ganancias o pérdidas, señor senador, sino de mantener la dignidad que corresponde a este alto Cuerpo! Puede continuar con la palabra.

El orador se modera y renace una relativa tranquilidad en el ambiente.

Terminada la sesión, el presidente me indica lo que debo sacar de la versión taquigráfica. El incidente desaparece, pues, el Diario de Sesiones, aún cuando lo recogen los periodistas desde su palco y yo lo guardo para siempre en mi memoria."

He creído oportuno, para sumar mi personal tributo a la memoria del doctor Alfredo Palacios, transcribir el artículo precedente. Pero valga la ocasión para sumar al homenaje a Palacios, a este observador legítimo de la vida parlamentaria, Ramón Columba, excelente dibujante y taquígrafo del Congreso, virtuoso ciudadano, meritorio profesional y narrador agudo de la realidad política de un tiempo, escritor y periodista de vida también ejemplar, en un tiempo donde en una gran mayoría, los políticos, si eran honorables.

El autor es miembro del Centro de Estudios Literarios y Periodísticos del Taller-Escuela Mariano Moreno.


 
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