El fin de semana estábamos con una amiga que vino de España en una cafetería, poniendo la charla al día. Hacía frío y todas las mesas se veían afectadas por el viento helado cuando se abría la puerta.
Nuestra mesa no estaba especialmente mal ubicada, pero como estuvimos largo rato, entre cortados y lágrimas, nos llamó la atención la actitud de la mayoría de las personas que entraban como si fueran emperadores, reinas o divas del cine, dejando la puerta abierta de par en par. Tal es así, que dedicamos parte de nuestro encuentro, a clasificar quienes tenían en cuenta al prójimo y quienes no.
Sabemos que la puerta es uno de los objetos más importantes del mundo simbólico. Cómo uno las cruza, las dispone en su casa, las pinta y cómo las sueña está plagado de significados. Toda puerta es un nacimiento. Entramos y salimos cientos de veces a la vida todos los días, a través de ellas.
Cómo uno entra a un lugar e interactúa con los espacios internos marca cómo el sujeto pasea por la vida. Y cómo se relaciona con los que allí están, en ése caso nosotras, la manera cómo se vincula con la humanidad.
La gran mayoría de los testeados entraron impositivamente, como si fueran a cobrar una deuda de la DGI, casi todos varones adultos. Otros, más distraídos, daban vuelta alrededor de si mismos como si fueran monedas apunto de caer sobre una mesa, mayormente mujeres, que tampoco cerraban la puerta.
Sorpresivamente un joven, con auriculares y un piercing en la nariz, cumplió con todos los requisitos para llevarse la medalla de oro. Lo aplaudimos sonrientes y él, dándose cuenta que había hecho la buena acción del día, nos devolvió la sonrisa.



