Una fría mañana de noviembre, tras un duro y penoso viaje en barco, un anciano desembarca en un país que podría ser Francia, donde no conoce a nadie y cuya lengua ignora. El señor Linh huye de una guerra que ha acabado con su familia y destrozado su aldea. La guerra le ha robado todo menos a su nieta, un bebé llamado Sang Diu, que en su idioma significa "Mañana dulce", una niña tranquila que duerme siempre que el abuelo tararee la melodía que han cantado durante generaciones las mujeres de la familia.
Instalado en un piso de refugiados, el señor Linh solo se preocupa por su nieta: su única razón de existir hasta que conoce al señor Bark, un hombre robusto y afable cuya mujer ha fallecido recientemente. Un afecto espontáneo surge entre estos dos solitarios que hablan distintas lenguas, pero que son capaces de comprenderse en silencio y a través de pequeños gestos.
Ambos se encuentran regularmente en un banco del parque hasta que, una mañana, los servicios sociales conducen al señor Linh a un hospicio que no está autorizado a abandonar. El señor Linh consigue, sin embargo, escapar con Sang Diu y adentrarse en la ciudad desconocida, decidido a encontrar a su único amigo.
Este libro de tan solo 128 páginas es una de esas historias que llegan a como dé lugar hasta el corazón del lector. La escritura de PhilippeClaudel es muy cálida. La amistad que formará Linh con el señor Bark es realmente muy linda porque a pesar que no se entienden del todo, se pueden comunicar de otras maneras y podrán forjar ese vínculo tan lindo.
El final me pareció realmente inesperado y creo que en cierto punto es bastante triste pero le da un toque de frescura diferente. El coraje y la determinación del anciano conducirán a un inesperado desenlace profundamente conmovedor.
Como dice la contratapa: "una exquisita fábula sobre el exilio y la soledad, o, lo que es lo mismo, la lucha por preservar la identidad".
Matías Gómez
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