No pensó que podría ser un tumor. No había antecedentes en la familia, tampoco había tenido grandes disgustos. Ésas cosas suceden a otros, pensó.
Pero el diagnóstico fue tajante. A sus cuarenta años, hijos todavía pequeños, era la peor noticia que le podían dar.
Su marido no terminó de enterarse y se ocupó de todo. Conocía a los mejores especialistas, en dos semanas todo estaría resuelto. Pero una pregunta flotaba en el aire ¿ por qué a ella? cómo seguir a partir de ése momento?.
Puso las manos en el volante e hizo un examen de conciencia. No era feliz. Amaba a su familia, pero nada la entusiasmaba demasiado. Estaba aburrida, sin desafíos. Se sabía bella, atractiva, pero ya no disfrutaba de los pequeños placeres.
En un semáforo un limpiavidrios le sonrió con casi todos los dientes, pidiendo permiso para echarle agua al parabrisas.
En otro momento hubiera renegado. Esta vez le dio cien pesos. Lo vio conmovido y supo que todos nos merecemos una oportunidad. Puso primera y arrancó hacia el camino de su curación.



