Murió Fidel Castro y es ineludible pensar que la victoria de Trump, el ascenso de los liberales al poder en muchos países de Latinoamérica y el giro a la derecha en Europa, marcan una tendencia evidente.
El comandante, como lo llamaban los cubanos, gobernó la isla con mano de hierro durante décadas y dejó en su lugar al hermano Raúl, responsable por la transición que marcó la era Obama y el retorno de las relaciones comerciales con EEUU, suspendidas desde los 60. Vamos a extrañar su voz aflautada, discordante con el gran corpachón, la lucidez al tratar temas históricos, la pasión con que Fidel hablaba de su país. Principalmente eso: su pasión.
Más allá del color político de cada uno, nadie podrá negar la importancia de Castro en la historia del mundo del siglo XX, su legado y carisma. Panópticamente nos proponemos a ver lo bueno de cada cosa (de eso se trata ésta columna) y tan solo con ver en las estadísticas serias sobre la posición de Cuba cuanto a la educación, su analfabetismo y desnutrición cero, la baja mortalidad infantil, la excelente inserción de los jóvenes en el deporte y tantos otros méritos, elevamos la mirada al Cielo y le damos gracias a Dios por haberlo dejado tanto tiempo entre nosotros. El Dios que él mismo cuestionó, pero qué importa, que lo recibirá entre sus leales por lo que él supo ser: un agnóstico de gran corazón.



