Tal como sugiere la película Capitán Fantástico, en la que Viggo Mortensen educa a sus seis hijos en el bosque, lejos de la sociedad de consumo, la Navidad de los panópticos también se aleja de la locura de los shoppings y centros de compras para proponer un viaje al interior de lo que ésa fiesta significa.
Mandalas pintados sobre telas naturales, piedras en forma de escultura con mensajes escritos, joyas recuperadas de la abuela y fotos enmarcadas pasan a ser los regalos de Navidad más preciados.
La consigna es llenar de sentido el árbol y no de paquetes y moños descartables. El cotillón de todo por dos pesos se sustituye por piñas de verdad, el pesebre coya toma lugar en el living y el menú se vuelve tropical, fresco y sano, adecuándose al verano austral. Reciclar, abrazar a la gente querida pasa a ser prioridad absoluta.
Cartas, fotografías, plantas y arte suben al pódium de los regalos más creativos. ¿Quién se preocupa en pasar a papel las imágenes digitales? Piensen que generación del 2000 no conoce las tarjetas con purpurina y los adornos de cristal. Tenemos que aprender a poner más corazón y menos bolsillo a nuestras vidas.



