En muchas ocasiones escuché decir que el tiempo es dinero.
Tan incorporado tenemos ése concepto que no queremos perderlo por nada del mundo . Para que rinda, en todo momento tratamos de ocuparlo con quehaceres. Los niños ya no juegan. Van a la escuela y después de una larga jornada les toca hacer deberes, música, fútbol y chino.
Las fórmulas de la felicidad le imponen al adulto indagar sobre su pasado, estar sano en cuerpo, mente y espíritu . Y las exigencias de las empresas que requieren que se capacite más y más a los profesionales para el futuro.
La casa, la familia, los amigos, la cultura, la vida social, los últimos adelantos tecnológicos, la estética...hasta el ocio, el dolce far niente, pasó a tener sus Spas y popes en la administración del tiempo.
En ése escenario Dios es el banquero, el mandamás que decide cuándo y cómo te cierra la cuenta. O el CEO que te echará de la corporación a patadas o te jubilará de prepo cuando llegue la hora. Panópticos, les deseo calidad de tiempo para el año que se inicia.
Bajemos del podium las frases que acuñó una época y naturalizamos sus contenidos sin reflexionar.
El tiempo no es dinero, al menos para nuestra manera de entender el mundo el tiempo es vida.



