Cocinar ya no es asunto exclusivo de madres y abuelas. Cocinan varones, mujeres solteras, cocinan niños en cumpleaños temáticos, cocinan los cocineros fashion y los que no lo son. No obstante, las empresas de delivery son un boom. En los supermercados, venden al doble de precio ensaladas armadas y tartas hechas.
El otro día, en una reunión de fin de año me di cuenta que si bien los medios y las escuelas de cocina proliferan y venden la imagen de la comida sana, a la mujer profesional e independiente económicamente cocinar le fastidia, le quita status. Y pude empezar a resolver la ecuación que tanto me intrigaba :¿ por qué lo que se promueve es una cosa y lo que se vivencia es otra? Y me centré en la mujer porque históricamente, desde las Vestales romanas, cuidamos el fuego sagrado en las casas. A cada una que le preguntaba cómo era su relación con la cocina, me sorprendía más con la respuesta. _ No me interesa en lo más mínimo, decía una flaca con el cigarrillo en la mano. _ Si algo detesto es la cocina, decía la otra, que juraba haber colgado los guantes (de lavar). _ Sale más económico comprar comida hecha, trataba de convencerme una de ellas mirando mi reacción de reojo. _ Pido delivery dos veces a la semana y una salimos a cenar afuera. Con que nos invite un amigo, ya tengo el menú completo! _ dijo la otra invitada.
Podría vivir en un departamento sin cocina, remató la misma, mientras el marido ponía cara de emoticón desganado. Repetí la encuesta en otras dos reuniones y concluí que es un signo de libertad quemar el delantal, como en la década de sesenta sucedió con los sujetadores. Háganla. Se van a sorprender con lo diferente que es la realidad a la ficción.



