SALUD QUERIDOS LECTORES!!! Nuevamente transitando juntos este camino donde vamos conociendo a aquellos que, conformando un coral de pensamientos, construyen con la luz de sus voces el hoy literario de nuestra querida ciudad de Campana.
Hoy es otra voz femenina la que nos viene a iluminar este veraniego sábado y es una voz cálida, llena de ternura, que desde Los Toldos, Buenos Aires, fue cargando vivencias que, con el tiempo y con la calidez tan femenina que la caracteriza, las vuelca sobre el papel en blanco trastocadas en poesía o en narrativa, hoy en esta ciudad de diagonales, petróleo y acero.
Ya ha conocido las dulces caricias al alma que le han acercado premios nacionales e internacionales y ha sabido llevar el nombre de CAMPANA AMANECER LITERARIO C.A.L. y el de la ciudad que hoy la cobija, más allá de sus fronteras.
Aquí los dejo en compañía de:
HEBE LINA ANDURELL
Nació en Los Toldos Buenos Aires.
Es integrante de Campana Amanecer Literario.
Ha asistido a diversos talleres literarios.
Ha participado en diversos Encuentros de Escritores y Cafés Literarios en diferentes ciudades de la Provincia de Buenos Aires.
Como representante de Argentina participó en el Encuentro Internacional de Escritores desarrollado en Cuba en el año 2015 y en el Encuentro Internacional de Escritores llevado a cabo en Colombia 2016, con el Instituto Cultural Latinoamericano de Junín.
Sus trabajos se encuentran editados en 10 Antologías, entre ellas una virtual, "Anses 2013".
Ha sido distinguida en certámenes zonales, provinciales, nacionales e internacionales.
Entre sus últimos premios se encuentran:
Mención Nacional en Certamen " Cartas de Amor" y Mención Nacional en Cuento, Los Toldos, provincia de Buenos Aires, 2016.
INCONFESABLE
Se despertó no muy temprano, él ya se había ido a la oficina, corrió el cortinado, abrió la ventana y mirando al cielo tuvo un pensamiento agradecido, estaba sana, se sentía bien y contenta.
Habían tenido una cena romántica, con velas, perfumadas rosas y música.
Se durmió abrazada a su espalda y recuerda vagamente cuando Juan José apagó el despertador, se vistió, desayunó y fue a trabajar. Todavía persistía el aroma a vainilla de las velas.
Tomó un baño, se puso ropa cómoda, cebó unos mates que acompañó con tostadas y entre uno y otro ordenaba la cocina.
Comenzó la tarea diaria, ventilar el departamento, vaciar los ceniceros, arreglar los floreros, repasar los muebles, en eso estaba cuando vio caído entre los almohadones del sillón, el nuevo celular de Juan José.
Algo realmente raro ya que éste adminículo era casi como su piel. Como sabía las claves, de puro curiosa echó una ojeada a los mensajes, cosa prohibida, éste acto era bochornoso, pero su indiscreción pudo más.
El rostro de ella se fue transfigurando lenta, gradualmente, hasta adquirir una expresión extraña y terrible.
Después de la noche pasada y de como era la convivencia, donde abundaban las caricias, besos y atenciones mutuas, no podía ni quería entender lo que leía en la pantalla, mensajes almibarados, tiernos y con irónica picardía que precisamente no estaban dirigidos a ella, sino a "mi pollita blanca", otros a "mi osito panda", donde le recodaba los momentos vividos en el Hotel Paraíso Encantado.
Se turbó tanto que no podía razonar, no sabía que actitud tomar ni como resolver éste tema.
El llamó, iba a contestarle cuando se le hizo un nudo en el estómago. ¿Quién era la pollita blanca? ¿Cuántas veces se vieron?, ¿Dónde estaba ella? ¡Haciendo qué!, sin advertir nada.
Pensó en esperarlo, porque seguramente volvería a buscar su blacberry.
Se sentó casi detrás de la puerta en una pequeña butaca tapizada en simil piel de cebra, suave y delicada, al lado del dressoire de guatambú laqueado.
Del bolsillo del buzo asomaba el Evatest y en sus manos tenía prisionero el amado bate de beisbol de Juan José.
EL LECHUZA
Era un personaje, todos lo miraban con recelo, más alto que el común de los hombres, cercano a los dos metros, corpulento, rubio con enormes ojos azules, pero a pesar de esto no precisamente lo que se considera un buen mozo.
Hijo de checoslovacos, muy reservado, hablaba poco, casi sin amigos y virgen de mujeres. Nunca se le conoció novia alguna.
Concurría para pasar el rato, al boliche del barrio, pedía una ginebra Bols, que solía saborear con placer, uno o el único que tenía, a veces era invitado a jugar al truco, no por estima, sino simplemente porque les faltaba uno para completar la mesa.
Desde su enorme estatura, su gran cabeza enclavada sobre sus hombros, observaba todo y a todos con sus ojos intensos, claros y bellos, mirada siempre furtiva, pero fija en el objetivo, apreciaba los detalles que le interesaban, casi nadie podía resistirla y se apartaban de él con suspicacia.
Sus manos no concordaban con su cuerpo, eran relativamente pequeñas, presuntamente suaves al tacto, algo temblorosas que se advertía cuando tomaba la copa en el mostrador del bodegón y entre otras cosas no era afecto al baño, deploraba hacerlo.
Tenía un buen trabajo y ganaba bien, estaba empleado en Celulosa Argentina de Zárate, donde también era discriminado y temido, igual como le había sucedido en el colegio.
El pobre, sin serlo, no vivía feliz, se había aislado y encerrado en una armadura virtual, donde se atrincheraba, en procura de protección, por eso apelaba a incomunicarse porque siempre se sintió rechazado y como no le daban bolilla, él hacía lo mismo.
La sabiduría popular lo había rebautizado, lo llamaban "El lechuza de panteón", por su forma de mirar desde lo alto y por la tristeza como de cementerio.
Siempre hostigado y burlado, un día cruzó hasta la ferretería Sokol, compró varios metros de soga y se colgó en un tirante de la galería de su casa.
Cuando algunos llegaron al domicilio en visita de pésame, salió su hermana, que se le parecía mucho físicamente y fuera de sí, les gritó a todos: "¡Qué carajo vienen a hacer aquí! Los hago responsables de lo que ocurrió", cerrando de un portazo.



