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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 18/abr/2004 de La Auténtica Defensa.

La madre de todas las batallas




 

Buenos Aires (especial para NA Por Pepe Eliaschev) - Los datos son inconfundibles, claros, evidentes. No permiten exitosos malabarismos retóricos. En el plexo solar del Gobierno, los más lúcidos y serenos le reportan al gran timonel la presencia de una vía de agua en la embarcación. Afirman que por ella drenó, rápidamente, demasiada confianza y buena leche, con cuyo viento a favor navegó Néstor Kirchner hasta ayer.

Pero no pueden determinar cuánta filtración más tolerará el barco, que navega por ahora con la firmeza verdadera producida por la recuperación, pero cuyos horizontes son hoy bastante menos exaltantes que los que se prefiguraban hace apenas 60 días.

La purga que sacude hoy a la Policía Federal produce estremecimientos de naturaleza variada.

El Presidente ya había echado el año pasado al jefe que heredó de la gestión de Eduardo Duhalde, Roberto Giacomino, y ahora se deshizo de dos jefes fundamentales, Jorge Palacios, jefe de Investigaciones y Juan José Schettino, responsable del área secuestros. Son dos peces muy gordos en apenas 72 horas de degüello.

Resulta abstruso el sistema de toma de decisiones del Gobierno, aunque pudiera estarse en presencia de una ejecutividad admirable que sorprende positivamente a una sociedad habituada a los eufemismos y a las melifluas murmuraciones inconducentes.

Kirchner ejerce el poder con los dientes apretados, pero otra mirada posible, y no contradictoria con aquella otra que se detiene en la musculatura que exhibe la Casa Rosada, apunta a un jacobinismo ostensible.

Haya sido o no la senadora Cristina Fernández de Kirchner la inspiradora de la dura movida contra la nomenclatura policial, es visible que el poder de fuego del Gobierno se concentra casi exclusivamente en un puñado de personas cuya cantidad se cuenta con los dedos de una sola mano.

El comisario Palacios, sobre cuya austeridad personal parece no haber dudas y en torno del cual hubo consenso en círculos muy variados durante su sobresaliente carrera, fue removido de la posición que ocupaba, solo menos importante que la propia jefatura de la Federal, por indicación del jefe de Gabinete, Alberto Fernández.

No fue un episodio casual en la puesta en escena del manejo del poder. En verdad, el responsable político de esa orden debería haber sido el ministro de Justicia, Gustavo Béliz, o al menos su secretario de Seguridad, Norberto Quantín. Ambos quedaron despatarrados por la decisión. Y luego le tocó el turno a Schettino, subalterno de Palacios.

A Palacios no se lo acusa de nada ilegal o, al menos, de nada penalmente imputable. Schettino en cambio ha sido procesado.

Ante los interrogantes, oscilo entre la duda y el entusiasmo, entre el recelo y el elogio. La satanización absoluta y total de la policía bonaerense me parecía un procedimiento demasiado grueso e irracional como para sostenerse eternamente. La mezcla de incompetencia, corrupción y reaccionarismo de los tradicionales oficiales de esa fuerza han sido proverbiales, pero haber condenado de modo tan maniqueo al cien por cien del cuerpo, mientras la Federal se pretendía una FBI del subdesarrollo, era una operación de patas cortas.

Sucede que el entrevero de intereses e intenciones criminales dentro de las propias fuerzas ¨de seguridad¨ es indiscernible. Se suma a la proverbial hostilidad que se profesan ¨azules¨ y ¨patas negras¨, la abierta y sistémica intervención de la Inteligencia de Estado en los secuestros extorsivos, que se patentizó durante el ciclo de Miguel Angel Toma en el gobierno de Duhalde.

Hoy la Federal, la Bonaerense, la justicia federal, la SIDE y el gobierno de la Provincia concurren a un galimatías truculento, expresión de una manera de ejercer el monopolio estatal del poder de policía mucho más parecida a un manicomio finisecular que a un país del siglo XXI.

En ese trabalenguas siniestro, a Palacios lo habría derrumbado una SIDE cuyo jefe es Héctor Icazuriaga, traído por el Presidente desde Santa Cruz, donde fue su vicegobernador y se hizo cargo de la provincia entre mayo y diciembre de 2003, cuando ya Kirchner era presidente.

Es normal que un presidente ponga a la SIDE bajo su directo control y mando, pero la vinculación política no debe obviarse a la hora de decodificar los pastosos episodios que configuran la vida del país. Tampoco tengo dudas de que, al menos en la fogosa mirada de la senadora Fernández de Kirchner, el comisario Palacios era un remanente para ella indigerible del juicio por el atentado contra la AMIA. Ella fue determinante en que el juez de la causa, Juan José Galeano, fuera relevado.

Y esta semana, frutilla de la torta, el propio tribunal federal quitó del medio a los valiosos fiscales Eamon Mullen y José Barbaccia, una decisión que enfureció comprensiblemente a la comunidad judía agrupada en la llamada querella unificada (DAIA, AMIA, Familiares y Amigos de las Víctimas), porque parece preanunciar lo peor.

¿Qué es lo peor? Que los principales procesados, Juan José Ribelli y Carlos Telleldín, terminen exonerados por falta de méritos, cuando la sentencia se pronuncie finalmente, en mayo.

Cristina de Kirchner parece mostrarse muy cerca del pensamiento de ¨Memoria Activa¨, un grupo que nuclea solo a los familiares de tres de las 85 víctimas: este sector, caracterizado por su fuerte impronta ideológica, cree que el proceso ha sido una farsa en la cual le toca pagar los platos rotos a la policía bonaerense.

¿Se puede liquidar de un plumazo a un jerarca de la categoría de Palacios porque una grabación lo exhibe hablando por teléfono con uno de los innumerables soplones que alimentan la información cotidiana de la Policía Federal?

Un ministro de la Nación que habla a condición de que no revele cuáles son sus verdaderas pasiones, pero que es uno de los más gravitantes para Kirchner, me enfatizó la necesidad que siente el Gobierno de ser feroz. Me dice: ¨aunque cometamos injusticias y enormidades, después de tantos años de impunidad, ahora es la era de una moral casi talibán¨. Alude a los guerreros fundamentalistas islámicos de Afganistán y es curioso, porque sabe muy bien que esas bandas medievales sembraron de oscuridad y terror aquella nación. Pero no hay talibán alguno en el kirchnerismo realmente existente.

El Gobierno asume, sí, una muy profunda preocupación por los pesares que lo martirizan hace varias semanas. La escasa concurrencia popular a la presencia del Presidente en la inauguración de las sesiones del Congreso, el 1§ de mayo, inició un ciclo negativo. Luego sobrevino el colosal error del acto en la ESMA el 24 de marzo, seguido por el patético ¨congreso¨ peronista de los días posteriores. Como final de fiesta, la muy estructural crisis energética adquirió contornos inmediatos de enorme delicadeza.

Una fuerza de tareas en la que militan sin descanso Oscar Parrilli, Julio de Vido y el cada vez más imprescindible Rafael Bielsa agota instancias para que el puntazo doloso de la escasez sea lo menos gravoso posible.

En ese pequeño comando energético hay terror a la oscuridad: una Argentina con apagones nos reventaría la esperanza, nos enviaría a las tinieblas de la Edad Media, barruntan.

Componente central del cuadro aquí explorado es el factor Arslanián. El nuevo ministro de Seguridad de Felipe Solá se instaló con fuerza y menor hostilidad de lo previsible. Ya fue dicho en este espacio: es un peso pesado cuya sola presencia revela el dislate que representó el nombramiento de Raúl Rivara en el cargo, aquel capricho de Solá que tan caro le costó.

Pero Arslanián es una persona seria que ahora juega con fuego: dice que armará una policía suburbana de 2000 combatientes desde la nada y a pura voluntad, sin que se conozcan por ahora precisiones logísticas y organizativas que aporten serenidad al desasosiego en que solemos vivir en esta parte del planeta.

Junto con ese esquema, impresionó la alusión a pertrechos o propiedades de origen propiamente militar, una apelación en todo caso imprudente por ser adolescente: no se menta a las Fuerzas Armadas en acciones de la sociedad civil en un país donde hace apenas 25 años el poder castrense inventó el terror de Estado en la Argentina.

Además del coraje y la crispación, todo exuda apresuramiento, ansiedad, cuotas nada desdeñables de improvisación, la constancia de que tramos enormes de la vida de los argentinos son vastas zonas purulentas de putrefacción irreversible.

En el actual poder, convicciones dogmáticas reemplazan a menudo el conocimiento medido y circunstanciado de los problemas.

El Gobierno tiene, desde luego, muy firmes y sólidas

posibilidades de achicar y hasta cerrar la vía de agua abierta. Pero debe saber que lo que lo problematiza hoy, a 40 días de su primer aniversario, no es menor ni es sencillo. No será con arrogancia, ni con desplantes verbales que saldrá adelante.

Pepebis@arnet.Com.Ar

www.Pepeeliaschev.Com.Ar


 
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