Punta del Este me resulta de plástico, Colonia, una Paraty desmejorada. Cuando voy al Uruguay ,elijo Montevideo. Me gustan sus edificios raidos por el tiempo, la costanera generosa, ése río tan conocido y distinto a la vez, menos marrón, lleno de galeones hundidos que reflotan cada tanto. Ahí se ven los negros que le ponen sal a la música, la atmósfera de los años engominados, la Plaza del Entrevero y el tango en la calle los domingos.
Esta vez fue distinto. No me encontré con el despliegue fastuoso de Pocitos o Carrasco, ni conmigo misma ni con amigos, sino que me topé con el fantasma de nuestro primer Poeta. Ahí estaba él, Esteban Echeverría, desgarbado después de diez años de exilio por la dictadura de Rosas, fumando sin consuelo, mirando el horizonte que no deja ver un margen distinto a ninguna de las ciudades que baña.
Autor de La Cautiva y el Matadero, analogía perfecta de los tiempos de furia que le tocó vivir, dejó que me sentara a su lado para compartir la fresca y después de algunas bocanadas a su cigarro me hizo una sola pregunta, la que no supe contestar: - Dígame con sinceridad, señora, La Argentina ya es el país que yo soñé?
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



