Nunca me gustó el Carnaval. Decir eso siendo brasilera es como no gustarle el dulce de leche a un argentino, ser pacifista en Medio Oriente o abstemia en el Cáucaso. Viéndolo a la distancia entiendo que no es la fiesta popular la que me incomoda, tampoco que sea el final del calendario Sagrado, en dónde la carne vale y marca con el miércoles de Ceniza el comienzo de la Cuaresma, los curenta días en los que Jesús peregrinó en el desierto. Nada tiene que ver con los prejuicios o la moral, tampoco con una cuestión elitista o energética. Nunca me gustó la obligatoriedad de una alegría impostada. Cuando era niña nos disfrazaban (tampoco me gustan los disfraces) y nos llevaban a los salones, en dónde se suponía que nos divertiríamos.
Ya adolescente, cuando uno no sabe quién es, pero lo supone, gané un concurso de disfraces en el que el único merecedor del premio fue Otavio, mi nana gay que amaba el Carnaval y bordó toda la noche para que quedara listo a tiempo. Por suerte no conservo ni una foto del patético premio como conejita de playboy, pero nadie pudo borrármelo del recuerdo.
Siendo joven, más aplomada, me iba a la montaña cuando todos iban al mar y viceversa, ya sin la necesidad de encajar ni de obedecer a nadie. En la facultad éramos unos cuántos los anticarnavaleros, preferíamos los retiros espirituales y los viajes chamánicos.
Ayer agradecí a los cielos vivir en un país en dónde uno puede pasar desapercibido esta festividad colectiva. Ya lo dijo Charlie García, hace muchos años: "...la alegría no es sólo brasileña, no mi amor..."
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



