La playa es un ámbito en el que todos debiéramos sentirnos iguales. Kilos más, kilos menos, estar ante la inmensidad del mar nos invita a un éxtasis profundo. El ruido de las olas, las gaviotas, la magnificencia del cielo que se une al agua en la línea del horizonte. En otoño e invierno los más corajudos suelen dar largos paseos en la arena. En primavera y verano niños, surfers, habituées de todo tipo se presentan casi como Dios los mandó al mundo, desprovistos de todo accesorio, apenas con lo necesario para disfrutar del sol y del agua.
Éste verano, como tantos, asistí con tristeza el maltrato a la que son sometidas las playas públicas de la costa argentina. Botellas, comida, objetos cortantes, pañales descartables y toallas femeninas se interponían entre la gente y el mar, con total naturalidad. Por otro lado, en los balnearios que concentran mayor poder adquisitivo, la música ensordecedora, las carpas cubriéndolo todo y la idea surrealista de la playa como propiedad privada.
No es ninguna originalidad de mi parte decir que la manera como tratamos nuestro hábitat nos describe como sociedad.
Es hora de hacer las paces con la naturaleza, poniendo límites a los que ensucian y a quienes se apropian del espacio público. Los dos extremos marcan territorialidad, uno con las heces, el otro con el tanto tienes, tanto vales. Educar no siempre es una tarea agradable y no es ámbito exclusivo de los docentes. Todos tenemos atravesadas en la garganta verdades molestas que callan por miedo a ser criticados o tildados de molestos. Comprometámonos a hacer un país mejor.
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



