Mis padres eran actores y en la San Pablo de los sesenta, aún no devastada por la industria implementada por el régimen militar, los helechos brotaban de los muros y todavía nos sorprendían las bandadas de pájaros que cruzaban su cielo durante todo el año. Vivíamos a una cuadra de la avenida Paulista, cerca del museo de arte de San Pablo, el MASP, y el parque Trianon. Ambos frecuentábamos con mi nana con igual asiduidad. De día era una casa que funcionaba como cualquier otra, con la particularidad que los adultos dormían por la mañana y el servicio se ocupaba de mí y de mis hermanos. En ése entonces éramos cuatro.
Por la noche, después de la función de los teatros los amigos empezaban a llegar como si hubiese una fiesta interminable. Ensayaban sus textos en el living, tocaban la guitarra, declamaban poesía o proyectaban una película. Los niños no deberíamos participar, pero con cualquier excusa bajábamos mi hermano y yo a pizpear el mundo cuyo descenso por escalera era un paseo por la Divina Comedia. Ahí Caetano Veloso hablaba de sus planes y María Bethania tarareaba una nueva canción, dos hombres se besaban y el galán de moda, Francisco Cuoco se animaba salir del personaje. El humo creaba una atmósfera de novela negra, se escuchaba jazz y bossa nova. No era raro que se quedaran a dormir unos cuantos invitados, a veces se alojaban por días. Había cortinas oscuras para alejar la mañana inexorable.
Una noche llegamos al sótano, en la bodega, dónde se escuchaba todo lo que hablaban los adultos. Fue la primera vez que bebí vino. Pudo haber sido divertido, si no me hubiera encontrado mi nana dormida sobre un cajón de manzana. A la mañana siguiente no pude ir al jardín. A los cuatro años tuve mi primer resaca.
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



