Abandonó su zona de confort y salió a recorrer América Latina en bicicleta: unir Argentina y México le llevó 18 meses. El viaje duró un año y medio. La experiencia, la acompañará toda su vida.
En el año 2012, María Jimena Maciel (35) hacía 2 años que era abogada y luego de 7 años en la Justicia local, dejó todo para irse a rodar en bicicleta por América Latina. Encontró lo que buscaba, y hoy ni siquiera sabe si alguna vez volverá a ejercer como abogada. Su profesión es una opción, y ya no el eje de su vida.
María explica que ella no buscó el viaje, más bien que el viaje la encontró a ella. "En el Tribunal vivía estresada y me recomendaron hacer alguna actividad física, preferentemente al aire libre. La bicicleta fue una de las opciones y empecé a vincularme con el grupo A Todo Pedal, sin mayores expectativas que tener una actividad terapéutica y cambiar un poco el aire. Lo que no tenía planeado era conocer a Osvaldo, quien estaba uniendo México con la Patagonia en bicicleta", relata. Y sí, María se enamoró de Osvaldo. E inferimos que también de su libertad.
A rodar, mi amor
De la preparación para semejante viaje María habla de la necesidad de entrenar, porque uno será su propio motor. Y de planificar tramo por tramo, incluyendo la altimetría, el estado del clima, y del viento: "En una rodada normal, de llanura, el promedio eran 100 kilómetros. Pero con viento a favor, podrían ser hasta 150. Y hay que entender qué te espera luego de eso: si un pueblo o la nada misma. También hay que considerar rodar de noche, por la temperatura. Sobre la bicicleta, uno aprende todos esos secretos", dice.
Fueron 18 meses y 15 mil kilómetros. Para hacer su viaje, María dejó todo atrás: no sólo su oficio y su trabajo en la Justicia. Vendió todo lo que tenía y podía vender, donó sus libros, y regaló la ropa que no se alcanzó a llevar. "Igual –dice- llevé demasiada ropa: mi mochila pesaba 40 kilos. Una locura. Me fui desprendiendo de todo lo que no necesitaba. Generalmente lo regalaba a la gente que nos iba brindando hospedaje. Incluso llegué a regalar la carpa: una hamaca era suficiente para dormir, y si hacía falta".
María llevó unos U$S 4000.- por todo capital. "No es poco –dice- pero tampoco es mucho para un viaje de un año y medio. En el camino cambiás mucho trabajo por comida, por ejemplo. También repartíamos postales en las plazas o centros cívicos contando nuestra historia, y pedíamos una colaboración a voluntad. La gente no sólo es solidaria: también le hace falta soñar un poco y, de alguna forma, al ayudarte siente que es parte de tu viaje. Así también te vas contactando: muchas veces dormimos casas de otros aficionados a la bicicleta, pero también en cuarteles de bomberos, o de policías".
Si de hospedaje se trata, María jamás olvidará a una pareja de viejitos que vivían en San Miguel de los Milagros, un pueblo de pescadores sobre el Atlántico, 90 kilómetros al norte de Maceió: "Era una casa humilde, de barro. Les explicamos qué estábamos haciendo y que estábamos buscando un lugar dónde pasar la noche. No sólo nos dijeron que sí. Salieron a pescar para prepararnos la cena. Luego del banquete, como había una sola cama, se fueron a dormir a otro lado. Y como sabían que saldríamos muy temprano para ganarle al sol, a las 5 de la mañana aparecieron con pan fresco y café, para que no nos vayamos sin desayunar". En este punto, María repite al pie de la letra la máxima de otros viajeros campanenses entrevistados por La Auténtica Defensa: "El que menos tiene, es el más generoso".
María también tiene un excelente recuerdo de su paso por Colombia. "Su gente –dice- es maravillosa en su trato. Son muy generosos y hospitalarios. Bogotá es una ciudad alucinante. Ahora sí, por sus montañas, es un país complicado para rodar".
A Colombia llegaron luego de navegar el Amazonas, río arriba, durante 15 días. "No cuenta –dice- como travesía en bicicleta, pero navegar el Amazonas y particularmente los amaneceres en la selva, son indescriptibles". Los delfines blancos, o el encuentro de las aguas en la confluencia del río Negro, donde no se mezclan a lo largo de 6 kilómetros, forman parte de aquella experiencia marcada a fuego en sus retinas.
El gran maestro
María también se enamoró de México, y su gente. Se quedó a vivir y a trabajar otro año y medio en Tepoztlán, estado de Morelos "donde la primavera es eterna". Osvaldo ya no formaba parte de su vida, y ella se volvió a Campana por un tema familiar. Pero eso es otra historia, que no viene al caso. Sí viene a cuento que volvió a echar raíces en nuestra ciudad. Ahora se dedica a la docencia en una escuela de la isla y en un instituto terciario. Está en pareja, y espera un bebé.
"El mundo es un lugar maravilloso lleno de gente maravillosa, hay que estar dispuesto a disfrutarlo. Hoy puedo decir que el camino es un gran maestro, y te enseña qué es indispensable y qué no. Aprendés a andar suelto de equipaje, metafórica y literalmente", asegura en el living de la casa de Av. Mitre y explica que cuando preparó su mochila llegó a incluir un par de tacos altos y una campera de cuero "por si le tocaba participar de una fiesta". María se ríe de sí misma. O más bien de aquella que fue.
“El camino es un gran maestro, y te enseña qué es indispensable y qué no", asegura María Jimena.
María Jimena, junto a su bicicleta en río de janeiro, con el pan de azúcar de fondo.



