Emilio era un oyente del taller de Runas que tenía más de ochenta años. Era químico, jubilado y vivía por la zona de Boedo. En aquel entonces se recuperaba de un cáncer de próstata y de la viudez, que le había arrebatado a su esposa, a a que adoraba, el día 9/9/99. El milenio irrumpía con sus desafíos, pero su lucidez y curiosidad de Emilio no le permitían bajar los brazos. Una tarde fría de junio llegó tarde a la clase, detalle nada habitual. Entró con los ojos desorbitados y un poco cansado. Le preguntamos qué había ocurrido y él nos pasó a contar.
Cerca de las cinco de la tarde él se dispuso a tomar el colectivo que lo llevaría a la avenida Las Heras, como todos los jueves, cuando un muchacho que parecía salido de la nada trató de arrebatarle el morral que llevaba cruzado al hombro. Al gesto violento le seguían los insultos y las maldiciones, entre ellas el moríte de una vez, viejo de mierda... Ya en el piso , aún forcejeando, tuvo tiempo de pedirle a San Miguel Arcángel que intercediera en su favor, librándolo de todo mal. De pronto, sobre la vereda, un motociclista vino en su dirección a gran velocidad y asustó al ladrón, que huyó despavorido sin haber logrado robar nada. Atontado, se puso de pie con la ayuda del muchacho, que no aceptó ninguna recompensa a cambio. Se despidieron con un abrazo y antes de irse Emilio le preguntó el nombre del que fue el superhéroe de la tarde. Para su sorpresa y la de todos el joven se llamaba Miguel Ángel. La única diferencia con la escena de la estampita del Arcángel fue que en lugar de montar a caballo para luchar contra el dragón, lo hizo sobre una motocicleta de ciento cincuenta cilindradas.
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



