Los miedos son semáforos que nos indican cuándo hay que frenar, son sirenas que nos avisan por dónde hay que ir y en qué momentos hay riesgo de vida. La intuición es una forma de cognición, de comprensión de las cosas que nos rodean que no depende de la mente racional. De naturaleza similar, podemos decir que ambos son primos hermanos.
No vamos a enumerar los cambios fisiológicos que produce el temor, las hormonas que segrega, tampoco cuánto nos inhabilita socialmente. Ya es sabido que sin él se vive más relajado. Pero tampoco haré la Apología del Insensato, minimizando la importancia del miedo y proponiendo erradicarlo. "Si tienes miedo, hazlo igual", "No te dejes vencer por ellos" o "Tu miedo, tu verdugo" son frases de efecto estimulante, pero cuidado, pueden apagar un dispositivo de alerta que la evolución demoró cientos de miles de años en hacer funcionar.
En cambio, la intuición, la Gran Sacerdotisa de las emociones, facilita y encauza la aprehensión que causa el miedo. Husmea el terreno, pone el dedo en la llaga del pasado en la que se repite la escena que originó el trauma, tantea la desconfianza y la retractibilidad de quién los padece y refuerza los mecanismos que avisan si hay peligro.
Henri Bergson, ganador del premio Nobel de Literatura 1927 fue llamado el filósofo de la intuición. A él le debemos el corpus teórico del que bebieron grandes pensadores, desde Proust hasta Gilles Deleuze, que hicieron de la intuición un instrumento de vida.
Para qué, panópticos? Para vivir con menos miedo y mayor acertividad, lo que no es poco...
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



