Vivimos en un país donde más del 30% de la población se encuentra en condiciones de pobreza y algo más del 7% bajo la línea de indigencia (esto es, que no llega siquiera a completar la canasta básica de alimentos mensualmente fijada por las estadísticas del Indec). En ese mismo país, un 20% de las personas deciden ponerse a dieta sin que medie ninguna necesidad médica para realizarla, hecho que implica desembolsar, solo en la caja del supermercado, un 50% adicional al presupuesto alimentario básico de la "dieta promedio argentina". Es decir, 50% más solo en alimentos para hacer dieta. A esto habría que sumarle el costo de la visita al profesional interviniente, aproximadamente unos $500 mensuales para el pesaje, la alineación y el balanceo. En algunos casos, ese costo lo asumen las propias personas y en otros se logra tercerizar en sus obras sociales o medicinas prepagas. Da lo mismo. Es dinero malgastado que finalmente pagamos todos. Paradojas de un país extraño.
La mala alimentación en la pobreza
La alimentación en situaciones de carencia es un fenómeno ampliamente estudiado. Se sabe con clara evidencia que dista de ser eficaz y eficiente en términos alimentarios y del uso de su presupuesto. Como un contrasentido, la obesidad se observa con más alta prevalencia en los deciles más pobres de la población que come.
La base de esto radica en que estas personas ingieren altas cantidades de grasas, hidratos de carbono (esencialmente alimentos panificados) y azúcares (ya sea directamente o como parte de las fórmulas de produtos como las gaseosas y jugos de segundas y terceras marcas, como analizamos la semana pasada). Esto ciertamente es así, porque el poder de saciedad de estos alimentos es muy alto y casi inmediato. Tristemente, ese poder de saciedad cumple con la doble función de "tapar" el hambre del momento más el adicional de bajar las tensiones generadas por el estrés alimentario. Dicho de otro modo: comer ese tipo de alimentos "chatarra" genera un mecanismo fisiológico que ayuda a bajar el miedo a no tener qué comer.
La mala alimentación en personas con más altos ingresos
A diferencia del grupo anterior, estas personas tienen mayor interés en llevar una alimentación saludable, que sea un aporte real a la mejora de su calidad de vida. Están interesados por tener más y mejor informados y, claramente, disponen de los recursos para poder alimentarse mejor.
Pero, también paradójicamente, no lo hacen. O peor aún, creen estar haciéndolo por el hecho de depositar sus decisiones alimentarias en manos de un tercero que se la planifica. Es decir, "se ponen a dieta".
Claramente no es una decisión inteligente, por 3 razones fundamentales: a) Una dieta es solo la antesala de la siguiente. No funcionan, o lo hacen solo por un tiempo hasta que terminan provocando el efecto contrario al deseado; 2) Suprimir o restringir alimentos está muy lejos de ser una práctica alimentaria recomendable; y 3) Llevar adelante una dieta, la que sea, implica gastar al menos un 50% adicional del presupuesto asignado a alimentos.
Mala alimentación para todos y todas
En definitiva, tenemos un escenario en el cual, por razones diferentes, la gran mayoría de la población lleva adelante una mala alimentación, con devastadoras consecuencias para la salud (y para la salud del sistema de salud). Siguiendo datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 30 % de los cánceres, el 60% de las cardiopatías y la diabetes de tipo 2 podrían ser evitados con tan solo llevar una mejor alimentación.
Como esto no pasa, las personas se enferman y terminan ingresando al sistema de salud como pacientes, en muchos de los casos en estado grave y que ameritan tratamientos muy costosos. Lamentablemente, al no haber políticas alimentarias ni de educación alimentaria serias, se termina en un descontrol en el que los únicos ganadores son las industrias médica y de medicamentos.
El costo de estar mal alimentados: cifras que alarman
Desde ya que no hay estadísticas oficiales al respecto, pero desafío a quien lo desee a confrontar con los cálculos que, personalmente, me tomé el trabajo de realizar: Llevar una mala alimentación generalizada nos cuesta, como país, 60.000 millones de dólares por año. Más del 10% de PBI nacional.
La buena noticia es que estos problemas "macro" tienen su vía de solución a partir de acciones locales, como demuestran las experiencias internacionales en la materia. Tan solo depende de las decisiones que los políticos estén dispuestos a tomar.
Dr. Fernando Valdivia / Email: thefoodplannerarg@gmail.com / Twitter: @thefoodplanner / Facebook.com/foodplanner



