Ya hacía un buen tiempo que las ratas habían invadido la casa de Joaquín. Diez años, quizá. O más. Al principio fueron unas poquitas lauchas. Pero a medida que los meses corrían, el hogar se iba transformando en un enorme nido de roedores.
Nadie tenía idea de cómo había sucedido aquello. Él era un tipo limpio y su casa estaba siempre impecable. Cada persona que lo visitaba, se enamoraba del precioso perfume que emanaban las paredes y las cortinas. Era imposible que allí hubiese ratas. Y tanta cantidad, encima.
Lo que pasaba, era que Joaquín era fanático de los animales. Un fanático extremista. Militante, podríamos decir. Cada marcha que había, él se ubicaba en primera fila, levantando y agitando la bandera del proteccionismo. Desde mi punto de vista, eso estaba muy bien, claro. Pero se le había ido un poquito la mano. ¿Y por qué digo esto? Porque a esas primeras lauchas que lo usurparon, lejos de intentar exterminarlas, las alimentó: Una noche les dejó queso detrás de la heladera, otro día un poquito de carne en el baño. Hasta que, los últimos meses, en vez de tirar los restos de la cena al tacho de basura, volcaba el plato en pleno comedor.
Años y años conviviendo con ellas. Sus amigos, de a poco, dejaron de visitarlo. Su familia, también.
Una tarde de invierno Joaquín quiso merendar en la cama. Preparó un café bien caliente y se llevó unas galletitas de chocolate. Hacía frío hasta adentro de su habitación. Merendaba y miraba la tele, como a él tanto le gustaba. Sin embargo, antes de las seis, se quedó profundamente dormido con una galletita en la mano. Una de las ratas intentó quitársela, pero, hundido en el más profundo de los sueños, Joaquín la empuñó con fuerzas. El roedor le dio un mordizco en el dedo y le asomaron unas primeras gotas de sangre. El proteccionista abrió los ojos, insultando al aire. Otra rata le mordió el tobillo izquierdo, una tercera le atacó el cuello. Luego vino la cuarta. Después la quinta. La sexta. La séptima. La sangre ya era una inmunda catarata roja que bajaba de la cama y explotaba en el suelo. Finalmente, el dueño de casa perdió la conciencia. Y no volvió a despertar.
Augusto Dipaola / Email: augustodipaola84@gmail.com



