La falta de pasión es imperdonable. Gaby Comte, amiga y editora, tiene una frase memorable: hay gente muy aburrida para haber nacido de un orgasmo. Nada justifica que tengamos el país más bello que se pueda imaginar y los rostros más largos de Latino américa. La pasión es lo que diferencia lo original de la copia, el enfermo que sana del que se morirá, la aceptación de la resignación. Es una línea sutil que no se compra ni cotiza en la Bolsa de Valores. No hace falta tener plata para despertarla, ni estar casado o tener determinado color de piel. Los hijos no la garantizan, tampoco la juventud o el título universitario. Todos tienen su cuota de pasión al nacer.
Tenemos que cultivarla como quién riega un jardín, no dejar que se mueran nuestros sueños.
Muchos confunden la pasión con la ambición. Recuerden que son antagónicas, como el misterio y el secreto. Al primero lo oculta la luz, al segundo, la oscuridad. Pablo Picaso era un apasionado, Adolf Hitler, un ambicioso. Una emoción invalida la otra. La energía desbordante que destila el ambicioso es pura violencia, la del apasionado es la alegría de los elegidos.
Cada tanto, como sucede con las plantas del jardín , se caen hojas y se renuevan las flores. Se van algunas pasiones y nacen otras. La ambición es como un edificio: seco, rígido y busca diferenciarse de los demás. La pasión es como un árbol, lleno de savia, crece sin pretensiones y beneficia a todos por igual.
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



