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» Este artículo corresponde a la Edición del jueves, 27/jul/2017 de La Auténtica Defensa.

Los hombrecitos
Por Augusto Dipaola




Nunca creí en hechos sobrenaturales ni en cosas por el estilo. Ni siquiera creo en dios, soy ateo desde que tengo uso de razón. Justamente por eso fue tan traumática mi experiencia. Sigo buscándole alguna explicación científica, pero todavía no obtuve respuestas convincentes. Voy a intentar narrar mi historia con la mayor cantidad de detalles posibles. Quizá, escribiendo, pueda darme cuenta de algo más.

Esa tarde, mientras deambulaba sin rumbo por el barrio, tuve la sensación de que una infinidad de ojos se introducían en mi espalda. Di un giro para descubrir quienes espiaban, pero ellos eran más rápidos que yo: ni rastros. Fui y vine de una cuadra a la otra, pateando piedras y despegando carteles de las paredes. Y me seguía sintiendo igual. "Me están mirando" volví a pensar. En las calles no había un alma.

Antes de regresar a casa, caminé hacia la plaza. A veces se juntaban mis amigos alrededor del mástil y me quedaba horas y horas charlando. Esa vez no había nadie. Ni amigos ni otra gente. La plaza estaba tan desolada que asustaba. Las hamacas se bamboleaban como si alguien las hubiese usado un par de segundos antes. Un hilo de transpiración helada me recorrió la espalda.

Caminar solo y sentirse vigilado era una sensación desesperante; llegar a la plaza y verla tan desocupada, también. Sin embargo, hubo un momento en que las cosas parecieron aclararse: debajo de uno de los bancos se encontraban unos extraños hombrecitos. Pequeños, muy pequeños. Pelirrojos, pecosos y con remeras a rayas azules y blancas. Cuando digo pequeños, es porque realmente eran pequeños. Demasiado pequeños. Cincuenta centímetros de altura, como máximo. Intenté quitarles la mirada, pero se me hacía imposible. Sus ojos estaban clavados en los míos.

Pegué media vuelta y me fui, creyendo que aquello no podía ser real. ¿Serían esos hombrecitos los que me observaban? ¿Y mis amigos dónde estaban? ¿Y los demás? Llegando a casa volví a sentir la misma sensación. Y no era paranoia, alguien me espiaba de verdad. Miré hacia la izquierda y los alcancé a ver, escondiéndose detrás de uno de los pocos autos estacionados. Me acerqué, caminando despacio. Y me tendieron sus ínfimas manos. Me dijeron que no me asuste, que estaban para cuidarme. Les dije que no tenían por qué, que me sentía bien. "¿Estás seguro?" me preguntaron. Y allí me di cuenta de que yo era el último ser humano de la tierra.

Augusto Dipaola - Email: augustodipaola84@gmail.com



 
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