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» Este artículo corresponde a la Edición del sábado, 01/mar/2003 de La Auténtica Defensa.

Ebrios de incertidumbre 
por Pepe Eliaschev




Buenos Aires, (Especial para Noticias Argentinas)- Lecciones de una Argentina afiebrada y a menudo necia: no solo no se fue nadie, sino que los mismos obsesionados del que se fueran todos son perfectamente incapaces de juntarse entre ellos.

Pero los comicios presidenciales están a la vuelta de la esquina y cuando un país no tiene lo que dice querer, debe atragantarse con lo que tiene, aunque diga que mucho no le guste.

A siete domingos de la primera vuelta presidencial, la Argentina se exhibe hoy como un país políticamente ingobernable, aunque - sugestivamente- estamos a años luz del desbarajuste galáctico que hizo temer por la misma continuidad institucional del país hace apenas un semestre.

Lo más impresionante del panorama preelectoral es no solo la persistencia del fenómeno de una clara falta de liderazgo en las preferencias populares, sino la evidencia de que el justicialismo a ojos vista está despedazado.

Tal vez el estallido del peronismo sea una verdad largamente vigente y recién ahora configurada, pero a 29 años de la muerte de su líder, los justicialistas hoy están más fragmentados que nunca, con perspectivas prácticamente nulas de revertir esa realidad en el corto plazo.

Esa diáspora se patentiza no solo a escala nacional, sino también en la provincia de Buenos Aires, el principal distrito del país, donde el gobernador justicialista Felipe Solá deberá vérselas con, por lo menos, tres astillas del mismo palo que se presentan sin la sigla del peronismo pero provienen de esa fuerza.

En los 56 días que faltan, la arena nacional debe definir cómo se edificará el balotaje del 18 de mayo, fecha de la contienda verdadera.

La legendaria cuestionabilidad de las encuestas en la Argentina impide manejarse con cifras previas verdaderamente inobjetables y ese marasmo de incertidumbre se agiganta con la manipulación interesada de muchos medios periodísticos, todo lo cual termina presentando tantos panoramas posibles como interesados se candidateen.

Primero en el certamen de manejo de escenarios y construcción de operaciones es el ex presidente Carlos Saúl Menem, al que Eduardo Duhalde le birló la interna pero que se las ha ingeniado para acentuar una polarización que a él lo favorece mucho. Menem apuesta a salir indemne de la primera vuelta, succionando para la segunda a los votantes de Adolfo Rodríguez Saá, que pueden ser atraídos por el folclore justicialista oportunamente esgrimido por el riojano.

Vuelve Menem a descollar por su falta de prejuicios y por la audacia de sus promesas asombrosas, con lo que le fue excelentemente bien en 1989 y en 1995.

La semana que termina aprovechó un ágape empresario organizado por su admirador Julio Werthein para: a) abrazarse emotivamente con José A. Martínez de Hoz, y b) prometer que, si es electo presidente, devolverá dólares a todos los argentinos cuyos haberes en esa moneda resultaron pesificados.

La incógnita central la presenta la fórmula del justicialismo que ocupa el ancho centro moderado de la arquitectura partidaria. Néstor Kirchner hizo una apuesta gruesa al asociarse con Daniel Scioli.

Muerde al menemismo, le sonríe a los sectores medios, envía un mensaje de razonabilidad, a la que se asocia con el afable ex motonauta, y arma un binomio sólido, aunque por ahora plagado de muchas dudas e incertidumbres.

En la geografía electoral argentina, Menem simboliza al norte del país, más prisionero de tradicionales prácticas, así como los grupos económicos que prosperaron con él, mientras que Kirchner-Scioli hablan desde comarcas urbanizadas, habituadas a un lenguaje político más estructurado, expresión de sectores populares que reclaman una rápida derrota de la desocupación y la miseria más acuciantes.

La clave de la campaña duhaldista en respaldo de Kirchner será su capacidad de "traccionar" votos normalmente controlados por los diferentes jeques comunales del peronismo del conurbano, área en la cual la gente del Presidente deberá competir duramente con los personeros de Rodríguez Saá y Menem.

Si bien las elecciones bonaerenses son el 14 de septiembre, las candidaturas a gobernador de Aldo Rico, Luis Patti, Alberto Pierri y Alberto Kohan verificarán sus proyecciones en las jornadas presidenciales de abril y mayo, por lo cual el comportamiento que sus respectivas tropas consigan en estos primeros comicios condicionará sus posibilidades para la primavera.

¿Se recompondrá el peronismo al día siguiente del 27 de abril?

Asegurar una respuesta contundente es imprudente. Han conseguido convertir a la primera vuelta en la interna peronista imposible, tal como habían intentado a fines de 2001.

Recelan hasta de sus sombras y jamás admitirían que el PJ sigue siendo una fuerza orgánicamente armada con capacidad para consagrar liderazgos legítimos y disciplinar contrastes momentáneos.

No tengo dudas de que todo sería diferente si Menem no fuese candidato, porque, es cierto, su ansia de poder es proverbial y legendaria, lo cual esteriliza todo proyecto que no lo contemple a él como ganador. Pero me resulta igualmente evidente que la discusión interna del justicialismo alberga una componente política inocultable y para la que no hay retorno.

Esto se hace evidente en la provincia de Buenos Aires: lo que Patti, Pierri y Rico encarnan en el distrito (mano "dura", mucha policía, judicialización de la miseria, claro recorte de las garantías), versus al programa y los métodos del gobernador Solá expresan un abismo infranqueable.

Eso ya no se puede volver a unir. Pero frente al mosaico vocinglero y políticamente incontenible del justicialismo, emergen los fragmentos del ahora quebrado compacto de 1999. Por más vueltas que se le dé al análisis, nadie me puede negar que cuatro candidatos presidenciales de 2003 hacían campaña por un mismo candidato en 1999: Leopoldo Moreau, Ricardo López Murphy, Elisa Carrió y Alfredo Bravo.

Los votos de todos ellos este 27 de abril deberían compadecerse con los que la fórmula De la Rúa-Alvarez tuvo en octubre de aquel 1999.

El centro-izquierda no ha conseguido admitir comunes denominadores elementales.

La Dra. Carrió, que solo acepta la autoridad de su propias decisiones, echó de mala manera a los socialistas, siempre maltratados en sus casamientos políticos.

Los radicales tuvieron una interna lamentable y traumática y pese a los 500.000 Afiliados que votaron en las internas, no consiguen aun recomponerse como partido seriamente resuelto a seguir existiendo.

López Murphy no se priva de pasar con su ambulancia para cargar heridos y su última cosecha es el ex delarruista Hernán Lombardi, uno de los integrantes del supuesto grupo "sushi" que ahora dice estar harto de su viejo partido.

Lombardi aceptó ser candidato a gobernador de López Murphy en la provincia de Buenos Aires.

La izquierda extrema oscila entre el patetismo y el escándalo.

La Izquierda Unida, que integran el Partido Comunista y los trotskistas del MST, no consiguió lograr un acuerdo electoral con los también trotskistas del Partido Obrero, mientras que en la provincia de Buenos Aires los ex amigos de Carrió, como Francisco Gutiérrez, del Polo Social de Luis Farinello, y Alicia Castro, del Frente para el Cambio, recorren caminos entre paralelos y divergentes.

La Argentina alberga hoy una sociedad empachada de su propio escepticismo e incapaz de generar soluciones posibles, amplias y dinámicas.

Todo el espectro político, como también todo el "humus" social argentino, muestran hasta ahora fragmentación, individualismo, jactancia y esterilidad.


 
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