La naturaleza es la madre de la filosofía. Tan sólo con observarla pudimos comprender en el pasado de qué están hechas las cosas y las empezamos a pensar en proyección. Muchos pensadores la tuvieron como musa inspiradora del comportamiento humano. Con la ayuda de ellos entendimos que lo que ronda por las estepas, ríos, cielos y mares, también nos habita. Los chamanes, antiguos sanadores de las comunidades que nos antecedieron, tenían en el concepto de animal chamánico la naturaleza asignada de cada persona. En los aborígenes de América del Norte, especialmente los sioux o dakotas, eso se plasmaba en el nombre: Toro Sentado, Águila Solitaria, Caballo Loco...
En la actualidad se empezó a escuchar la palabra "depredador" para definir al hombre que tiende a destruir a la mujer con la que se relaciona. Nunca mejor definido. (La plasticidad del lenguaje es algo maravilloso). Inhabilitarla, asfixiarla, usarla como portadora de apellido, tener a una mujer-presa como pantalla para ocultar su homosexualidad son los múltiples modelos de un hombre que se caracteriza por lo que el término sugiere, la violencia. Como sucede con sus hermanas, las bestias, el depredador no va de frente. Miente, se oculta en el follaje, encuentra estrategias para aparecer y desaparecer. Elije a su víctima, no le da igual que sea una tierna gacela a la matrona del clan. Cuanto mas indefensa e inexperta, tanto mejor. A veces inocula venenos, otras, usa las garras. La única característica común en todos los depredadores es que no pueden comprometerse afectivamente. Panópticas, cuando sientan que las ronda un ejemplar de estos, corran por sus vidas. Sí, por sus vidas.
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



