Hoy reflexionaremos sobre los decretos. No a las resoluciones que disponen los ministros o diputados de la Nación, de interés comunitario, sino a las afirmaciones que permanentemente utilizamos sin darnos cuenta en nuestro vocabulario y que transforman el día a día de manera subliminal. Ejemplo: Me quiero matar. Soy un estúpido. Me caigo de sueño. Tal cosa me da fiebre...
El otro día le contaba a una amiga que tenía la intención de escribir en el Panóptico sobre los decretos y, con una sonrisa, me pidió que contara su propia anécdota. Cuando era adolescente sufría de un extraño mal que hacía que cada tanto se desmayara. Los médicos lo atribuyeron a un desorden hormonal, bastante frecuente en la adolescencia. Pero el tiempo pasó y Paola siguió desmayándose. Hasta que su novio, no hace mucho tiempo, le dijo:
--Te fijaste que ante cualquier sorpresa decís, Me desmayo?
Ante el acierto, le dio la razón. Nunca se había dado cuenta de lo que decretaba. Al suprimirlo de sus expresiones habituales, nunca más se desmayó.
Los decretos, como todo lo que decimos, son capturados por el inconsciente como verdades absolutas. Ese poderoso aliado hará todo lo posible para hacer real nuestros deseos. Conocida por la Ley de la atracción, es el principal motivo por el cuál debemos ser cuidadoso con lo que decimos. El genio de los pedidos, en realidad, mora en nuestro interior y la lámpara encantada la tenemos todos. Es el camino que une la mente al corazón.
Fabiana Daversa. Foto: Alejandra Lopez



