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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 08/oct/2017 de La Auténtica Defensa.

Comer mejor es dejar de comer lo peor
Por Dr. Fernando Valdivia






Fernando Valdivia

Vamos a retomar con la entrada de hace algunas semanas, en la que mostramos cómo la emergencia de nuevos trastornos alimentarios están relacionados, paradójicamente, con la obsesión enfermiza de estar pendiente de "llevar una alimentación saludable". Claro que estábamos hablando de los casos en los que la alimentación "preocupa" en lugar de "ocupar" un lugar de importancia en las decisiones de nuestra vida, ya que sabemos que al menos el 70% de las muertes se corresponden con enfermedades no transmisibles, casi todas ellas asociadas con nuestro modo de alimentarnos.

En el camino de búsqueda de una mejor alimentación, destacamos la importancia de estar más y mejor informados acerca de lo que llevamos a nuestra mesa. Pero se observa una creciente tendencia a pretender tener un control excesivo de las variables que hacen a la alimentación, perdiéndose la esencia natural de dicho proceso y transformándolo en un deseo enfermizo por estar "bien nutrido", como si nuestro organismo no hubiese evolucionado por millones de años para saber cómo hacerlo por sí mismo siempre que la oferta alimentaria sea razonable y se ajuste mayormente al consumo de alimentos naturales. Recordamos que por Alimentos Naturales entendemos a aquellos para los que nuestra biología fue diseñada: vegetales, hongos, algas, carnes, pescados y mariscos, huevos y miel. El resto son invenciones culturales del último tramo de nuestra existencia como especie, esto es, el neolítico o la era de la agricultura. Entre los Alimentos Culturales se destacan la leche (y todos los derivados lácteos) y las harinas (y todos los panificados que con ella se elaboran). Estos últimos son absolutamente prescindibles e innecesarios, aunque, debido a nuestras tradiciones o imposiciones culturales o comerciales, suponemos importantes.

¿Qué es estar bien alimentado?

Como decíamos más arriba, estar bien alimentado es tener una ingesta de Alimentos Naturales que alcance el 80%, dejando el consumo de Alimentos Culturales en no más del 20%. Casi lo opuesto a lo que hoy sucede. Y, contrariamente a lo que suele creerse, alimentarse bien es absolutamente simple y forma parte de nuestro conocimiento aunque no lo pongamos en uso. Como si fuera poco, resulta más económico.

Imaginémonos por un momento que estamos en situación de naturaleza, en la zona de Campana y alrededores, hace tan solo 10.000 años. En nuestra región, seguramente, estaríamos caminando recolectando hojas, hierbas, algunas raíces y frutos. Con menos suerte, pescaríamos en el río (bagres, bogas o mojarras), y cazaríamos aves como garzas, chajás, ñandúes o cigüeñas, y mamíferos como carpinchos, pecaríes o ciervos de los pantanos. Estos últimos, seguramente con menor eficacia respecto de la recolección, por lo que los vegetales serían más relevantes en cantidad que lo obtenido a través de la caza y la pesca.

Traducido esto a la vida de ciudad, lo que acabamos de relatar es tan sencillo como aprovisionarse de frutas y verduras en cualquier verdulería de barrio, y pasar un par de veces por semana por la carnicería, pollería y pescadería. Es todo. Acerca del resto, del 20% restante, tampoco hay mucho más que agregar: según la tradición cultural a la que cada uno de nosotros pertenezca comerá unas pizzas, empanadas, tomará helados o preparará una torta galesa, un strudel o un tiramisú. O preferirá un café con leche con medialunas.

La importancia de "cortar" con "lo peor"

Hay muchas personas que, con la finalidad de obtener los beneficios de una buena alimentación, se someten a estrictos regímenes en los que, a diferencia de lo que planteamos más arriba, deciden planificar con detalle milimétrico cuántas comidas deben realizar por día y qué deben ingerir en cada una de ellas. Cuentan calorías y calculan miligramos de nutrientes. Labor absolutamente innecesaria, como lo muestran los estándares de salud que se le reconocen a los "cavernícolas", que no contaban con laboratorios de análisis clínicos y cuyo escenario claramente no estaba libre de incertidumbres ni peligros.

De este mismo sentido común se han valido recientes investigaciones que ponen en evidencia que, antes que dedicarse al control exhaustivo, temeroso y obsesivo de lo que comemos, es preferible abocarse a descartar de nuestra alimentación aquellos alimentos menos saludables, es decir, los que se ubican dentro de la categoría de Alimentos Culturales. Reducir o eliminar el consumo de lácteos, panificados y azúcares (en sus variadas presentaciones como las golosinas) es mucho más efectivo para alimentarse mejor. Reemplazarlos por Alimentos Naturales es lo ideal.

Siguiendo estos simples consejos de incrementar los Alimentos Naturales hasta que constituyan el 80% de nuestra alimentación, estaremos disminuyendo hasta el 56% del riesgo de muerte por enfermedades crónicas no transmisibles (es decir, las asociadas con los alimentos y la alimentación). Dicho de otro modo: es más arriesgado "comer mal" que beneficioso "comer bien".

Dr. Fernando Valdivia / Email: fv@fernandovaldivia.com / Sitio Web: www.fernandovaldivia.com


 
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