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» Este artículo corresponde a la Edición del jueves, 02/nov/2017 de La Auténtica Defensa.

Pescador
Por Augusto Dipaola




Oscar detuvo la lancha y observó el agua con agudeza. Unas pequeñas burbujas le confirmaron que se encontraba en el lugar correcto. Se ayudó con la linterna para agarrar la más grande de sus cañas; insertó un pedazo de carne en el anzuelo y lo lanzó al río.

El clima era agradable, de no más de veinticinco grados. Le hubiese gustado ir a pescar acompañado, como siempre, pero esa noche ninguno de sus amigos podía. Uno de ellos le había indicado, el día anterior, una zona infalible para sacar pejerreyes. Y hasta allí se dirigió él, haciéndole caso.

Los minutos corrían y la caña continuaba quieta. "¿Me habrá pasado bien el dato?" se preguntó, pensando en encender el motor y moverse unos metros. Sin embargo, decidió intentarlo: las burbujas se seguían formando y eso era una buena señal. "Quizá no sean pejerreyes, pero qué más da", reflexionó. Lo que Oscar más disfrutaba, era la tranquilidad del ambiente, de la naturaleza; el silencio extremo que por momentos se rompía con el sonido de la brisa, o de las ranas.

De repente la caña se movió violentamente, como si hubiese picado un pez de gran tamaño. Él la sujetó con fuerzas, sonriendo. "Mis amigos no lo van a creer", pensó, mientras tironeaba. Los brazos se le endurecieron y tuvo que clavar las piernas en el suelo del bote para no caerse. La sonrisa se le fue apagando. Sería una pena que semejante pez se le escapara.

Fue una lucha cuerpo a cuerpo que duró unos cuantos minutos: de un lado Oscar, tirando hacia arriba, con la ansiedad lógica de un pescador que está a punto de sacar algo grande. Y del otro, un pobre animal desesperado, combatiendo por no ser arrebatado de su hábitat natural.

Finalmente, y luego de un gran esfuerzo, logró sacarlo. "¡Es un pejerrey!". Era grande. Grandísimo. Le retiró el anzuelo de la boca y lo depositó en una caja plástica repleta de hielos. "Vos vas a ser la cena del viernes".

Cuando intentó poner la lancha en marcha, satisfecho y feliz por haber capturado al rey de los pejerreyes, el motor falló. Tiró varias veces de la cuerda, pero no hubo caso. "Voy a esperar un rato y lo voy a intentar más tarde".

Oscar se durmió, escuchando el silencio. No lo despertó ni siquiera la bocina del enorme barco que pasó a unos pocos metros. Las violentas olas que provocó esa nave hicieron tambalear la lancha hasta darla vuelta.

Lo que su amigo no le había dicho, quizá para no asustarlo, era que, en esa zona, además de haber pejerreyes, las pirañas siempre estaban al acecho.

Augusto Dipaola / Facebook: Cuentos oscuros para niños dementes


 
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