Nadie pudo convencerla que las Fiestas eran fechas para celebrar. Detestaba la euforia de la ciudad en esos días, la gente que iba de acá para allá con paquetes y las matronas portando la bandeja de vithel toné para llevar a la casa de la suegra, el día después. Para escapar de la locura había armado un plan. Se iría con una amiga al sur y caminarían seis horas hasta llegar a un refugio de montaña frente al lago. A sus cuarenta y pico creía haberlo visto todo: era una profesional reconocida, había elegido no tener hijos y su marido le había pedido "un tiempo". Le vendría bien un shock de naturaleza para descomprimir la tensión emocional que le anudaba el pecho.
El viaje fue agotador. En el aeropuerto las personas se apiñaban como abejas en la colmena. Moverse o quedarse, todo era difícil a ésa altura de las circunstancias. Pensó en volver a casa, pero algo le pidió que resistiera. Finalmente, el avión despegó Se encontraron en el lugar indicado, ambas venían de lugares distintos y una noche fue suficiente para recargar baterías. Partieron por la mañana temprano del día siguiente.
Nada podía hacerle frente a la magnitud de ésas montañas, a la frescura del aire que ahí se respiraba. Caminaron sobre nubes hasta llegar al refugio. Ideal, sol y soledad. Acomodaron lo poco que se puede acomodar en una situación así, cuando algo le dijo que mirara el árbol frente a la ventana del dormitorio . Y observó una escena que la conmovió hasta las lágrimas: un nido con dos pichones de ruiseñor recién nacidos que abrían sus picos para que un pájaro adulto los alimentara. Supo que era un regalo del cielo, un premio por haberle hecho caso a las sugerencias de ésa voz inaudible a la que llamamos algo.
Fabiana Daversa
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