El pintor Van Gogh era un desastre . Mal alumno, lo echaron de todas partes: de la escuela, del primer trabajo, pero sobre todo de la vida familiar. Su padre era el pastor protestante de un pequeño pueblo holandés y su madre perdió el primer hijo, al que lloró siempre. El bullying fue el pan nuestro de cada día del pequeño Vincent. No obstante, tenía un hermano menor. Alguien que confió en él . Un hombre simple que le compraba las pinturas, las telas y lo mantenía a sabiendas que lo que él pintaba no era lo que el mercado de arte de la época demandaba. Un aliado que lo defendía siempre y si era necesario, se agarraba a piñas con los que le decían "loco perdido" a su hermano. En un libro titulado Cartas a Theo quedaron registrados los pensamientos de quién fue el pintor más grande del expresionismo, cuyos cuadros hoy superan los ochenta millones de dólares.
Pocos saben que Vincent empezó a pintar a los veintiocho años (tarde para mediados del siglo XIX) y vendió un sólo cuadro. Y que Theo murió de tristeza a los seis meses del suicidio de su hermano.
A veces, todo lo que uno necesita es un aliado. Quién lo tenga, que no se lo pierda. Abrácelo, escríbale, diga que lo ama. Ese ser incondicional, que nos sabe imperfectos y nos quiere sin tapujos, a menudo suele llamarse hermano. Porque en la relación fraterna, a veces nos toca ser Theo, pero a veces, muchas de ellas, nos toca ser Vincent.
Fabiana Daversa
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