Las pequeñas y medianas empresas sufren el "efecto tenaza" de aumento en sus costos, producto de los tarifazos en los servicios regulados y el derivado de la devaluación, y caída en las ventas. La Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME) informó que la producción del sector creció 1,5% en febrero del 2018, frente a igual mes del año pasado, de esta forma, aumentó por octavo mes consecutivo, aunque más lentamente y con mayor inestabilidad, con un incremento acumulado de 2,5% en los primeros dos meses del año.
"Los costos fijos altos y la falta de ventas son dos problemas serios que enfrenta el industrial, además del encarecimiento del crédito y los atrasos en los pagos, que golpean la rentabilidad de la pyme", dijo Fabián Tarrío, presidente de CAME, a su vez agregó que "la producción de las pymes industriales aumentó pero con inestabilidad, su rentabilidad es perjudicada con costos fijos altos y la falta de ventas, más el encarecimiento del crédito y los atrasos en los pagos".
De acuerdo con el trabajo, volvió a caer la proporción de empresas que progresan (sólo 42%), y el uso de la capacidad instalada bajó al 66%. "Hay que tener en cuenta que se compara contra un mes de mucha caída, como fue febrero 2017 cuando la producción se retrajo 5% anual", debemos aclarar. De acuerdo con la Encuesta Mensual Industrial (EMI) realizada por Came entre 250 industrias PyMEs, frente a enero se registró un descenso de 6,8% (en la medición con estacionalidad), por la desaceleración de los pedidos y los menores días hábiles del segundo mes del año.
El progreso interanual alcanzó este mes al 42% de las industrias, cuando en enero aumentó el 50% y en diciembre había subido el 59,3%. La merma del consumo interno en sectores como calzados, maderas, muebles, o papel y cartón por las menores ventas minoristas y los mayores ingresos de mercadería importada, se sintieron en las empresas en febrero.
A su vez, la proporción de firmas en baja subió a 32%, cinco puntos por encima de enero y casi 10 arriba de diciembre. De los 11 sectores relevados, siete crecieron (Productos químicos, Material de Transporte, Productos de caucho y plástico, Productos de metal, maquinaria y equipo, Productos eléctrico-mecánicos e informática, Productos textiles y prendas de vestir y Alimentos y bebidas) y cuatro descendieron (Calzado y marroquinería, Maderas y Muebles, Papel, cartón, edición e impresión y Minerales no metálicos).
En diciembre y enero muchas industrias estuvieron recomponiendo stocks, proceso que se vio interrumpido en febrero por la demanda más lenta; así, el uso de la capacidad instalada se ubicó en 66%. En la encuesta realizada en los primeros 20 días de marzo del año 2018, se observó una nueva disminución en la proporción de industrias con planes de inversión para el año: del 41% de empresas que había contestado positivamente en febrero, se pasó a 35%. A su vez, 19% lo está evaluando en función de cómo evoluciona la demanda, las condiciones y oportunidades de financiamiento. Para el 75% de las empresas las condiciones para invertir son entre regulares y malas, concluyó el informe.
ESTANCAMIENTO E INFLACION
En la Argentina actual podemos acuñar el término "estanflación" que surge de la combinación de estancamiento económico con alta inflación. Esta descripción aplica perfectamente a la economía argentina de estos últimos años (diría que 6 de estos últimos). El último mandato de la ex Presidente se caracteriza por esta situación, con inflación alta y persistente, y la actividad económica en el sube y baja del ciclo político, con caídas en los años pares (sin elecciones) y rebotes en los impares (con elecciones). Los dos primeros años del gobierno de Cambiemos han mantenido esta situación y las perspectivas auguran la persistencia de este fenómeno.
Según datos oficiales, la actividad económica cayó un 1,8% en 2016 y se recuperó en un 2,9% en 2017. Es decir, en dos años se creció apenas un punto porcentual. Para una economía que registra un crecimiento poblacional en torno al 1% anual, el hecho de haber crecido ese mismo porcentaje en dos años implica una caída. Asimismo, la inflación en 2016 fue de 39,4% y en 2017, de 24,8 por ciento. En síntesis, la actividad estancada y la inflación muy elevada, es decir, una estanflación.
Las perspectivas con los informes del INDEC conducen a proyectar la extensión de esta situación por lo menos hoy y en este formato. La actitud de reducción del poder adquisitivo de los salarios, que observamos por estos días de parte del Gobierno Nacional, exigiendo un techo en las paritarias por debajo de la inflación proyectada, junto al sobreendeudamiento familiar y el escaso margen para el crédito, nos conduce a pensar en un estancamiento para el consumo privado, la principal variable de impulso del crecimiento económico.
Por otra parte, las altas tasas de interés (con imposibilidad de bajar, dado que el Banco Central resulta rehén de su propia trampa, la bicicleta financiera montada para atraer capitales especulativos) imposibilitan cualquier posibilidad de inversiones en el plano productivo. El sector externo refleja una situación preocupante, con un déficit comercial récord que acumula 1.872 millones de dólares en los primeros dos meses (Enero y Febrero) del año 2018 y un saldo negativo de 10.076 millones de dólares en el acumulado de los últimos 12 meses. Según el último dato disponible, de febrero de 2018, mientras las exportaciones crecieron el último año un 10,1%, las importaciones lo hicieron al 26,3 %. Esta dinámica de fuerte crecimiento de las importaciones, por encima del incremento en exportaciones, se registra hace ya varios meses, lo que amplía el resultado negativo. Esto nos permite concluir que el sector externo tampoco actuaría como impulso al crecimiento económico.
Por último, el consumo público tampoco pareciera resultar una variable explicativa del crecimiento económico, dado que el crecimiento de la partida de intereses de la deuda en las cuentas públicas conduce a ajustar el resultado primario, con recortes por el lado del gasto. Es decir, aun con un déficit fiscal en expansión, la política fiscal resulta contractiva. Frente a este escenario, si bien el año en curso muy probablemente se presentará un dato de crecimiento económico positivo, este será muy magro y consecuencia de un efecto de arrastre estadístico por el rebote del año pasado.
Además, los sectores que explicarán este magro crecimiento no son los principales generadores de empleo, por su parte, los aumentos en tarifas de servicios públicos, transporte y combustibles no solo implican inflación per se, sino también generan un aumento generalizado de los precios por inflación de costos, algo completamente ignorado por un gobierno que continúa abrazado a la creencia, casi religiosa a esta altura, de que la inflación en la Argentina es un fenómeno estrictamente monetario, incluso con el fracaso a la vista.
Las proyecciones relevadas por el propio Banco Central dan cuenta de un 20% de inflación para este año, aunque muy probablemente termine cerca del nivel del año pasado, en torno al 22/ 24%, entre otras cosas por la aceleración en la devaluación del peso, que aun interviniendo contra su voluntad el BCRA no puede frenar. En conclusión, el camino trazado por la actual política económica augura una Estanflación, lo cual tiene impacto negativo sobre el empleo, los salarios y la calidad de vida de los argentinos.



