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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 02/may/2018 de La Auténtica Defensa.

Te hago el cuento:
Sobre literatura, Caperucita Roja y el abuso de menores
Por Marisa Mansilla




Instalar una columna de literatura en el diario de nuestra ciudad puede resultar un desafío personal tentador, cuya razón de ser podría ser intentar comunicar algo de la disciplina a la que, quien suscribe esta columna, se dedicó prácticamente toda la vida; pero también la búsqueda de un lectorado de cualquier edad y formación que quizás se interese, dialogue y envíe comentarios y sugerencias si siente deseos de hacerlo, que se plantee cuestiones y se sienta comprendido o acompañado en sus elecciones lectoras, o al leer estos comentarios los comparta o bien los quiera debatir.

Las preguntas que habilitarían la presencia de esta columna sería entonces: ¿Es un espacio que el diario dedica a aquellos lectores que además de informarse en sus páginas, son lectores de literatura y desea que ellos encuentren en sus ediciones un artículo en tal sentido? ¿Los que no tienen el hábito de leer este tipo de discurso deberían abstenerse de seguir la columna? ¿Desde qué momento está la literatura presente en la vida de las personas? ¿Para qué? ¿Quiénes nos la acercan? ¿Qué puede uno sacar de ella? ¿Por qué seguir leyendo poesía, cuentos, novelas, teatro? ¿Sigue siendo importante en la formación de las personas?

Aunque algunas de estas preguntas sean repetidas una y otra vez desde las instituciones educacionales, ya sea porque las formulan adultos que desean que sus hijos lean más y confían en el valor formativo de esta disciplina, ya sea porque hay también quienes no le reconocen mayores méritos y sólo tienen de ella la impresión de que es un trámite amargo que hay que pasar durante los años de estudio sobre todo en el nivel secundario, para luego olvidarse de su existencia; lo cierto es que, aunque lo hayamos olvidado o no tengamos una clara percepción de ello, la literatura nos acompaña durante toda la vida y desde los momentos más remotos de nuestra infancia: Un "arrorró mi niño/arrorró mi sol…" o cualquier otra canción, una poesía, una ronda, una adivinanza, un destrabalenguas que juegan con las palabras y los aspectos fónicos o sonoros del lenguaje y también con los sentidos aparecen tempranamente en nuestras vidas traídas por las voces cálidas y los gestos cariñosos de quienes nos atendieron y cuidaron.

También llegarán los cuentos infantiles y, ¿quién nos contó el primero provocándonos una sensibilización emotiva tan potente que nos permitió imaginar a los personajes, sus ambientes, sus temores, sus desdichas y su alegría y salvación final de todo aquello que los iba acechando durante la trama?¿Fue mamá, papá, la abuela o la maestra? Quizás un poco todos y la escuela continuó con su trabajo social de alfabetización y formación continua y perseverante.

¿Cómo no recordar a "Caperucita roja"? ¿En qué versión, la de Charles Perrault o la de los hermanos Grimm? Porque las diferencias son sustanciales y nada inocentes. En el cuento de Perrault el lobo "huele" en la niña – que no casualmente lleva una caperuza "roja"- a una preadolescente, la engaña con astucia y ya en la cabaña del bosque (lugar de alta significación en los cuentos tradicionales del folklore europeo), le pide que se desnude antes de acostarse con él en la cama de su abuelita, a quien ya había dado muerte. Ningún cazador o leñador aparece allí que pueda salvarla y Caperucita también muere. Es un final demasiado trágico e insoportable quizás para la tolerancia social del siglo XVII y de cualquier época, y Jacob y Wilhelm Grimm recogerán prácticamente un siglo después versiones reformuladas en que un leñador mata al lobo y salva a la niña y a su abuela a quienes extrae de las entrañas del animal. No es poco escabroso tampoco este final, pero al menos se sublima el deseo sexual del lobo y el abuso de la niña.

Muchas Caperucitas, más o menos ingenuas y algunas hasta vengativas, se formularon después en los más diversos formatos narrativos (dibujitos animados, films, obras de teatro y cuentos). En su novela "Las infantas", con relatos que el lector deberá enhebrar hábilmente como las cuentas de un collar para ir construyendo sentidos a partir del texto, la escritora chilena radicada en EE.UU., Lina Meruane, nos da su versión de Caperucita en el cuento "en la pensión, cualquier noche (De cómo Blanca sueña)", en que el cuento clásico de Perrault cobra alta densidad erótica y ya no es un cuento para niños.

La princesa Hildegreta y la infanta Hildeblanca eran hijas de un rey jugador compulsivo de canasta y bridge, pervertido y ambicioso de poder y dinero. Les ganaba indefectiblemente a sus contrincantes hasta las ropas que llevaban puestas y los dejaba desnudos ante el terciopelo verde de la mesa de juego. Ante una racha de mala suerte, en que ya todo estaba prácticamente jugado y perdido, las infantas decidieron huir del palacio antes de que su padre las jugara a ellas también en una partida de naipes y tomadas de la mano se lanzan a atravesar el bosque sin tener en cuenta los consejos que en los cuentos infantiles se les daba a las niñas. Y cruzar el bosque peligroso es cruzar la vida, crecer, perder la inocencia y también advertir que la infancia no es una etapa edulcorada y feliz donde nada malo puede ocurrir. Y lo que es "feroz" es a veces el mundo mismo en su crueldad.

"Las infantas" de Lina Meruane (autora también de las magníficas novelas "Fruta podrida" y "Sangre en el ojo", todas publicadas por la editorial "Eterna cadencia"), es un buen ejemplo, creo, de cómo los cuentos se cuentan una vez y otra vez y muchas, para los más chicos y para los más grandes y la literatura que viene acompañándonos desde la niñez puede seguir haciéndolo cargándose de nuevas significaciones. Seguir leyendo literatura, se tenga la edad que se tenga, es siempre apostar a comprender mejor la experiencia humana y disfrutar – cuando se puede – del mundo en que vivimos.

Marisa Mansilla / Taller "Álgebra y Fuego" / Contacto: marisamansilla2000@yahoo.com.ar


 
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