En un ensayo de 1981, el novelista y crítico italiano Ítalo Calvino se planteó "Por qué leer a los clásicos" y expuso una serie de razones que a su entender determinan que un libro ingrese a esa categoría. Hoy, puede ser que nos dé pereza acercarnos a ellos: esa clasificación los rodea de un aura de tal importancia consolidada a través del tiempo y la historización de la cultura que quizás nos impone cierta distancia. También hay un preconcepto de "acartonamiento" o solemnidad y uno puede llegar a creer que probablemente no los entenderá, o que se aburrirá soberanamente, y qué vergonzante resultará después confesar cualquiera de estos dos malogrados intentos.
El hecho es que si en la historia de las producciones culturales un libro, un autor, se han convertido en "clásicos", merecería que le demos y nos demos la oportunidad de leerlos, tengamos la edad que tengamos. Si somos muy jóvenes, porque, una vez desmalezado el camino de las posibles dificultades interpretativas, nos garantizará un aprendizaje, disfrute y reflexión indudables, será para nosotros un hallazgo valioso, todo un descubrimiento que nos irá acompañando imperceptiblemente. Y, si ya transitamos la edad madura, porque los encuentros o reencuentros con ellos mediante la lectura o relectura profundizarán el análisis, abrirán nuevas interpretaciones y ampliarán el placer de leerlos.
Calvino nos habla de la "influencia" que deja un clásico como un saber relacionado con la construcción de lo emocional, con lo simbólico latente en cada relato y que, como en los mitos ancestrales, instala modelos de comportamiento individual, ético y social, escalas de valores y contenidos atravesados de trascendencia y relevancia que van más allá de lo exclusivamente personal. Un clásico "nunca termina de decir lo que tiene que decir" y cada lectura recoge o reformula las anteriores y siempre resultan nuevos, inesperados, inéditos y sorprendentes. Un clásico no está atravesado por la "actualidad" y aunque comprende su tiempo, también lo trasciende.
Otro crítico, Harold Bloom, norteamericano, en 1994 también se refiere a los clásicos y elabora un canon o compendio de los autores que a él le resultan imprescindibles en la formación y comprensión de la cultura de Occidente y el primero de ellos es, según su criterio, Shakespeare, a quien considera "el inventor de lo humano", en cuanto a que pone "en arte" la complejidad de nuestra naturaleza y condición.
El Festival Shakespereano que desde hace unos años se lleva a cabo en Bs.As. así como en otras partes del mundo, las múltiples producciones teatrales y cinematográficas que ponen al alcance del espectador actual sus comedias y tragedias nos hablan de Shakespeare y sus obras como "clásicos". Y entre las más representadas están "Hamlet", "Romeo y Julieta" y "El mercader de Venecia".
"El mercader de Venecia" es una de sus "altas comedias", aunque hoy nos cueste aceptar lo de "comedia" en esta obra en que la densidad dramática de los parlamentos de Shyllock, "el judío de Venecia", atravesados por el dolor y también por el odio que le provocan la discriminación, el desprecio social y las muestras explícitas y humillantes de repudio hacia su persona, creencias y formas de vida que le propinan los católicos de Venecia, nos apartan del clima ligero y festivo propio de las comedias.
Por su parte, Antonio, el mercader que expone imprudentemente no sólo sus probables y volátiles riquezas sino también su cuerpo para ayudar a su joven y amado amigo Bassanio, también está lleno de odio, de un interés por su amigo que era mejor ocultar en el siglo XVI y de falta de "misericordia cristiana", aunque su religión se lo impusiera, y esto tampoco es buen augurio para el final brillante que ameritan las comedias. ¿Qué pasó entonces con este clásico y su clasificación genérica? Muchos de los críticos que se refirieron al tema opinaron que sólo las tres parejas de enamorados de la obra dan débilmente con el tono propio de las comedias.
El esperado "final feliz" no lo es para todos y esto trae a la pieza una clara ambigüedad y una dimensión ideológica y política: Shyllock es "el otro social y cultural" y Antonio, alguien oculto y sombrío a pesar de no llevar él una máscara o disfraz que le cubra la cara. Los dos quedan solos, perdedores abochornados, fuera de todos los órdenes en que se movían por las argucias o trampas de la ley y de la astuta esposa de Bassanio, Porcia. Y Venecia, el más liberal de los estados mercantilistas que proclama y esgrime ser la garante de la igualdad de todos ante la ley, es también un estado católico donde esa igualdad es una mentira y la aceptación y tolerancia a la diversidad es algo por aprender en el ya lejano siglo XVI comienzos del XVII. Y si no nos hacemos los desentendidos en nuestra actual perspectiva histórica también. Shakespeare y "El mercader..." trascienden su época y nos invitan a pensar nuestro tiempo.
Marisa Mansilla / Taller "Álgebra y Fuego" / Contacto: marisamansilla2000@yahoo.com.ar



