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» Este artículo corresponde a la Edición del domingo, 08/jul/2018 de La Auténtica Defensa.

De Campana a Milán
Por Santiago Tomás Mengual




"La relación entre maestro y alumno es una cuestión más parecida a lo que pasa en Oriente con las artes marciales", dice Alejandro Figliolia. El violinista nacido en nuestra ciudad nos cuenta cómo su amor por el instrumento lo llevó a radicarse en Europa.

Hace siete años que dejó Argentina. En ese momento Italia estaba estancada en una crisis de la que todavía sufre secuelas. La cosa no estaba fácil, conseguir trabajo era todo un desafío y el Estado recortaba presupuesto en Cultura y Educación, expulsando a futuros becarios como él. Fue un duro primer año hasta encontrar un trabajo estable en un call center, lo que le dio mejores perspectivas para poder establecerse y le ayudó a mejorar su italiano.

Aunque ya tenía una buena base dada su formación, ese singular empleo parlante le hizo adquirir las particularidades del habla que sólo se aprehenden con la práctica. Al hablar conmigo, noto que su castellano está atravesado por la tonada propia del idioma de la bota.

Mientras lo escucho, se me ocurre pensar que no todo lo que trajo la globalización es malo. Gracias a internet, Alejandro Figliolia (32) y yo estábamos manteniendo una conversación natural, virtualmente mirándonos a los ojos en una habitación de 11 mil kilómetros de distancia: Él, desde su departamento en Milán y yo, desde mi casa en Campana.

JUGÁRSELA

"La educación musical argentina en los últimos años bajo mucho. Se dedicó a formar docentes, pero no músicos. Cuando terminé la carrera sentí que no sabía nada, que me faltaba más. Me dije que tenía que seguir estudiando. Por cuestiones de prestigio internacional y de ciudadanía pensé inmediatamente en Europa", me cuenta.

Con miras a seguir desarrollándose, comenzó a buscar desde su computadora posibilidades para emigrar. Fue en ese periodo cuando asistió al concurso internacional de violín en Buenos Aires. Allí se había presentado Francesca Becco, una solista reconocida internacionalmente que lo impresionó. Sin muchas expectativas, la buscó por Facebook y le escribió un mensaje privado contándole sobre su situación. Para su sorpresa, Francesca no sólo le respondió, si no que le recomendó que vaya a estudiar con su maestro, Daniele Gay, a Milán.

Aunque el riesgo era alto, también así era la ganancia. Alejandro dejó Campana sin saber si al poco tiempo se vería obligado a emprender el regreso. Fue a Milán, a la casa a la que lo habían encomendado y tocó para Daniele una pieza musical. El resto de la tarde conversaron y antes de despedirse, el experimentado violinista le comunicó que lo tomaría como alumno: "La relación entre maestro y alumno es una cuestión más parecida a lo que pasa en Oriente con las artes marciales. No es sólo quien te enseña a tocar el violín si no que hay una relación de confianza, respeto".

El discípulo tiene una gran y profunda admiración por su guía. Y hoy ve lejana la posibilidad de tomar algún día su lugar: "Para ser maestro uno nunca tiene que dejar de estudiar. La música es una materia muy extensa, súper amplia, y él te tiene que poder ayudar con cualquier obra por lo que hay que tener una biblioteca en la cabeza. En algún punto, ser maestro es una necesidad de transferir a alguien más lo que aprendiste y atesoraste a lo largo de tu vida".

RESILIENCIA

No todo se dio tan fácil. Al principio, Alejandro pensaba que las cosas no andaban bien por la manera en que el maestro se dirigía para con él. En una escena que replica a la película "Whiplash", se sentía interpelado por la manera en que le gritaba y la poca paciencia que tenía. Pero luego comprendió que no era algo personal. En los momentos que se tomaban para descansar y fumar un cigarrillo, Daniele se preocupaba por él y le preguntaba sobre el estado de sus cosas. Con el tiempo, Alejandro se acostumbró a su extraña pedagogía.

Siete años después de esos primeros encuentros lo sigue visitando. Ya no en calidad de alumno inexperto si no en busca de consejos puntuales, detalles que hacen a la excelencia y que son claves a la hora de encarar con el instrumento las complejidades de una obra.

DESMITIFICAR

Si bien los primeros dos años fueron difíciles, con el tiempo logró asentarse y trabajar con el violín dando clases: "Es un trabajo muy estimulante. Conocer a otras personas te da un paneo de la sociedad". Además de enseñar, toca en dos orquestas de la ciudad, la orquesta de la universidad de Milán y la orquesta Julio Ruconi, lo que le exige una práctica constante: "Hay que desmitificar cosas sobre la música. El que se dedica trabaja mucho. Paso en promedio seis horas por día practicando. Es muy parecido al deporte, aunque hay una parte intelectual uno trabaja con el cuerpo" dice y aconseja: "Demanda mucho de los músculos, por lo que al mínimo dolor hay que parar".

Y aunque el violín puede parecer, a priori, un instrumento sólo para algunos elegidos, el músico alienta a descreer de ello y lanzarse a la acción: "Si estudiás en serio, cualquier instrumento es difícil. Lo que tiene el violín es que al principio es más bajón, porque sacarle notas es más pesado. Pero lo que al inicio te desmotiva, después se vuelve gratificante", me dice con una sonrisa y agrega: "Tocar lo más posible, como metodología, funciona… En la música las cosas bien hechas no tienen género. Hay tópicos que trasmiten en cualquier cultura porque son parte del ser humano, y trascienden generaciones".

Entre alumnos y ensayos, sale poco de su departamento. Sólo deja los domingos libres para descansar y reserva algunos fines de semana para explorar nuevos lugares: "Acá tenés la posibilidad de viajar mucho más. Ahorrando, de a poco conocí las principales ciudades de Europa".

La mayor parte de su núcleo familiar ya no vive en Argentina. Sin embargo, la situación económica del país le preocupa y es una de las razones por las que no piensa en volver a radicarse en un futuro cercano: "Italia me gusta. El costo de vida de Argentina es mucho más alto y las crisis son cíclicas".

Por eso recomienda, a quien pueda hacerlo, la experiencia de vivir afuera al menos un tiempo: "Te abre la cabeza. Ahora uno puede ir con algo planeado, un trabajo. Internet da esa posibilidad" y recuerda que al menos es importante viajar: "Una vez tomé con mi novia un bondi desde Cataratas del Iguazú a Perú, cruzando por Bolivia en un colectivo de línea. Veíamos a una cantidad enorme de gente subiendo y bajando. Nos dio la posibilidad de ver la cultura viva. Me di cuenta que muchos, seguramente, no saldrían del valle donde vivían, pero eran felices".

Ahí vuelvo a pensar en términos de globalización. Una, que sirva para encontrarnos y hermanarnos, y dejar atrás para siempre la otredad y la diferencia, para vernos definitivamente como miembros de una misma humanidad.


“En la música las cosas bien hechas no tienen género", afirma Alejandro.


Además de enseñar, alejandro toca en dos orquestas de la ciudad: la orquesta de la universidad de Milán y la "Julio Ruconi".

 
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