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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 25/jul/2018 de La Auténtica Defensa.

Te hago el cuento:
Un mundo cambiante, una narrativa de género cambiante
Por Marisa Mansilla






Marisa Mansilla

Recorrer la narrativa argentina y latinoamericana escrita por mujeres atravesando el siglo XX nos pone en contacto con historias que, como todas las historias de la literatura, van mucho más allá de los hechos que cuentan. Hechos que podrán ser reales, verosímiles, fantásticos o del tipo que sean, pero independiente de cuál fuera su naturaleza siempre despliegan un panorama histórico, sociológico y cultural de época así como la mirada subjetiva de quien los escribe y/o narra. Recordamos en las ediciones anteriores de esta columna unos cuentos del libro "Viaje olvidado" (1937) de Silvina Ocampo y luego nos acercamos a Liliana Heker, ya de otra generación, que empieza a publicar sus cuentos en 1960 en la revista de Abelardo Castillo "El grillo de papel". En los cuentos y novelas de la década de los años ’60 y ’70 de Heker, así como de otras escritoras argentinas (Beatriz Guido, Tununa Mercado, Alicia Steimberg, Silvia Molloy y muchas más que conformarían una lista variada y amplia) aparecen nuevas miradas acerca de la niñez, la adolescencia, el despertar de la sexualidad, el erotismo no siempre direccionado hacia al sexo opuesto, otros modelos de femineidad que quiebran y dejan atrás el estatismo y rigidez impuestos al género hasta la mitad del siglo en las familias tradicionales burguesas o de clase media.

CROSS GENERACIONAL

La aparición de la píldora anticonceptiva, los movimientos contraculturales hippies en los Estados Unidos y otros estados europeos hacia finales de los años ’60, el mayor acceso a las universidades logrado por las mujeres y su participación e inclusión como militantes en el campo de la política renuevan los lugares y roles asignados tradicionalmente y abren nuevas y diferentes posibilidades tanto en el espacio público social como en el ámbito privado del hogar adonde también habrá que hacer reacomodaciones.

Y si seguimos avanzando por la línea cronológica de la historia llegaremos a jóvenes narradoras argentinas nacidas a finales de los años ’60 y durante los ’70 como Mariana Enríquez ( 1973), Samanta Schweblin (1978), Gabriela Cabezón Cámara (1968), Selva Almada ( 1973) y como en el caso de la anterior generación otras muchas más en cuyos relatos, que comienzan a publicar aproximadamente en los años ’90, no sólo nos hacen pegar un salto impactante y movilizador al mundo que, los que tenemos una cifra ya considerable de años, hemos visto transformarse vertiginosa e irreversiblemente, sino también a una narrativa fuerte, poderosa y sorprendente, aunque a veces como decía Roberto Arlt nos pegue "un cross a la mandíbula".

Las décadas finales del siglo XX y las que llevamos de éste se circunscriben en un renovado "imperialismo" o etapa ulterior del capitalismo en que ya la carrera por el capital no está asociada a la industria y la producción fabril sino a la especulación financiera. Y aunque quizás personas más formadas puedan explicar mejor el tema, no escapa a mi entendimiento que la aceleración de procesos socio-culturales ligados al desarrollo de nuevas tecnologías y la acotada franja de quienes pueden acceder a ellas, el mundo globalizado y la creciente, ampliada pauperización y proletarización planetaria que permiten asimismo vislumbrar nuevos órdenes sociales, contrastes irreductibles, nuevas injusticias y hablando de lo genérico nuevas maternidades absolutamente alejadas del modelo de madre sobreprotectora de clase media, nuevas formas de constitución de la pareja y también de la paternidad, naturalización de elecciones sexuales no tradicionales y aún no admitidas por los sectores más prejuiciosos y hasta nuevas violencias, horror y morbosidad que son temas que atraviesan por ejemplo los cuentos de "Las cosas que perdimos con el fuego" de Mariana Enríquez publicado en 2016 donde el terror como género se reformula y actualiza.

Mariana Enríquez nació en Buenos Aires en 1973 y es licenciada en Periodismo y Comunicación Social por la Universidad de La Plata, publicó novelas, cuentos, ensayos, relatos de viajes y es subdirectora del Suplemento "Radar" del diario "Página 12". De este libro del 2016 es su cuento tan magnífico como espeluznante titulado "El chico sucio".

EL CHICO SUCIO

La narradora protagonista es una mujer joven de clase media pero aún en estado de rebelión, desafío casi adolescente y árida disputa con su madre y el resto de su familia porque decidió vivir en la vieja casa que perteneció a sus abuelos paternos en el barrio de Constitución (antiguamente zona de la aristocracia porteña pero actualmente peligroso).

Las escenas de violencia callejera entre "mininarcos" y adictos, la bandita de ladrones limpiavidrios, mulas de la droga, travestis y prostitutas, chicos que roban en la avenida con el permiso de la policía así como familias que viven en situación de calle es el nuevo universo social representado en el relato que rodea a la protagonista. Pero ella no es prejuiciosa y su casa se abre a Lala que nació varón y uruguayo pero decidió ser mujer y brasileña y es la mejor peluquera travesti del barrio, y también en una oportunidad al chico sucio, que tiene 5 años y es el hijo de una chica muy joven, que probablemente ni llegue a tener 20 años, adicta al paco y cursando un nuevo y ya visible embarazo.

Ellos viven y duermen en la calle prácticamente frente a la puerta de su casa. Preocupado una noche por la prolongada ausencia de su madre, el chico sucio con sus manos pringosas golpeó a su puerta y ella lo hizo pasar, le dio de comer, lo llevó a la heladería y le contó la historia del gauchito Gil; él estaba muy asustado y le cuenta de otro mito popular de rituales sangrientos al que temía "el señor de La Muerte". Al regresar ambos a la casa, la madre del chico sucio que ya había vuelto se acerca a ella y "rugiendo" como un animal le arrebata al chico del brazo.

A los pocos días, tanto el chico como su madre desaparecen, la narradora supone que llegó el momento del parto y que ése sería el motivo de su ausencia, pero por los noticieros televisivos se enterarán después, junto con Lala, que el niño fue hallado muerto, degollado y violado. ¡Cuántos reproches no puede evitar de hacerse! ¿Por qué no lo bañó?¿Por qué no le compró zapatillas? Cuando vuelve a ver a la madre del chico sucio que ya no estaba embarazada se abalanza sobre ella, quiere saber qué pasó pero la joven la amenaza con quemarla con su encendedor y le grita que ella "no tenía hijos", que los había dado a los dos y aunque la narradora no se reprima las ganas de correrla, no logra alcanzarla y regresa a su casa vencida.

El final trágico y terrorífico del cuento deja casi sin aire al lector, tanto como después las declaraciones de Mariana Enríquez que recuerda su origen en una entrevista: Se trató de un hecho verídico ocurrido en Mercedes, Corrientes, en el año 2006 en que el niño Ramón Ignacio González, hijo de una madre joven que ejercía la prostitución fue violado, torturado y decapitado durante un ritual satánico.

La licenciada en Ciencias Políticas Ileana Samberro y Tamara Gamarra Benítez, ambas de Zárate, quienes expusieron sobre este cuento en nuestro Café Literario del año 2017, concluyeron que el cuento de Enríquez nos permite rastrear cómo se constituyen los procesos de subjetivación de esos cuerpos casi ausentes, cuáles son las conceptualizaciones y las miradas sobre los mismos. Pues, nadie es pobre en el sentido de ser, nadie se hace pobre a sí mismo, sino que el sistema, la sociedad o el modelo económico dominante empobrece a las personas y las invisibiliza.

Marisa Mansilla/ Taller Álgebra y Fuego / marisamansilla2000@yahoo.com.ar


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