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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 01/ago/2018 de La Auténtica Defensa.

Te hago el cuento:
Jóvenes narradoras argentinas; El terror está a la vuelta de la esquina
Por Marisa Mansilla






Marisa Mansilla

El espacio tradicional donde transcurrían las historias de terror gótico que nos helaban la sangre en la adolescencia eran las oscuras y amplias habitaciones, con la posible variable de sótanos, desvanes, bohardillas, áticos, galerías o estrechos pasadizos de los castillos enigmáticos, aislados de los todavía pequeños centros urbanos, o aún de ciudades importantes, cuando no escondidos o disimulados en el centro mismo de ellas. Y si se atravesaban los muros inexpugnables de esos castillos el paisaje acostumbrado era el bosque tenebroso y umbrío, con ruinas medievales que encriptaban un pasado de horror y atrocidades cometidas que debían ser develadas o inclusive vengadas.

Desde el último tercio del siglo XVIII y en el marco del romanticismo literario, a partir de "El castillo de Otranto" de Horace Walpole (1764) y durante todo el siglo siguiente e inicios del siglo XX, la literatura de terror gótico fue creciendo tanto en autores que inscribieron su obra en el género, como en historias con variaciones de vampirismo y erotismo o bien que cuestionaban la relación entre el hombre y la ciencia manipulada en cuanto a la creación y/o la destrucción de la vida humana exhibiendo una moral más lanzada o desprejuiciada que se atrevía a desafiar a dios y recibía consecuentemente ejemplificadores castigos.

También los personajes de fantasmas, esqueletos, doppelgänger (el doble opuesto y complementario), hombres lobo, vampiros, demonios y seres sobrenaturales fueron creando una suerte de constelación del horror que sobrecogieron a un público lector popular y femenino cada vez más nutrido. Y así fue como generaciones y generaciones fuimos leyendo de Ann Radcliffe, "Los misterios de Udolfo" (1794); de Mary Shelley, "Frankestein o el moderno Prometeo" (1818); de Joseph Sheridam Le Fanu, su novela corta de vampirismo lésbico "Carmilla" (1872); de Robert L Stevenson, "El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde" (1886) y de Bram Stoker, "Drácula"(1897), por citar sólo los más conocidos del género.

Ya en el siglo XX el furor gótico había decaído, sin embargo la escritora surrealista francesa Valentine Penrose desarrolló un relato biográfico de un personaje de real terror histórico como lo fue "La condesa sangrienta", Erzsébet Báthory de Ecsed, la aristócrata de una de las familias más poderosas de Hungría, asesina de más de 650 humildes muchachas que estuvieron a su servicio, hasta que más envalentonada se atrevió también con jóvenes de su misma condición social lo que la llevó a su caída pergeniada por miembros de su propia familia, que ya no pudieron tolerar más las denuncias de sus crímenes horrendos. Su historia, las formas más sofisticadas de perversión y crueldad de su época impactaron tanto en la escritora argentina Alejandra Pizarnik que reescribió líricamente en 1966 el texto de Penrose de 1982 con el mismo título.

Por su parte el cine proporcionó las imágenes que permitieron alimentar la pulsión escópica de los espectadores, desde "El gabinete del Dr. Caligari" de Robert Wiene (1919) a las maravillosas "Drácula"(1992) de Francis Ford Coppola, "Frankestein" (1994) de Kenneth Branagh, "Edward, el joven manos de tijera" (1990) de Tim Burton y "El fantasma de la Ópera"(2004) de Joel Schumacher, citando sólo estas versiones fílmicas de esta narrativa ya clásica por su destacada calidad artística.

De la generación de escritoras a las que hicimos referencia en esta columna en la edición del pasado miércoles, nacidas en la década del ’70 al ’80 y que empiezan a publicar después de los años ’90, Mariana Enríquez, de quien ya hablamos a propósito de su cuento "El chico sucio" y Samanta Schweblin reformulan de alguna manera el género creando un "horror argentino moderno" con preocupación social, cuestiones de género y donde lo monstruoso y terrorífico ya no está anclado en el castillo lejano sino que forma parte de lo cotidiano, y hasta los vínculos más básicos e íntimos entre las personas : la relación de pareja, la paternidad, la maternidad pueden tambalearse de sus presupuestos clásicos, correrse de lugar y adquirir la naturaleza inquietante de lo ominoso.

PABLITO CLAVÓ UN CLAVITO: UNA EVOCACIÓN DEL PETISO OREJUDO

Del libro "Las cosas que perdimos con el fuego" de Mariana Enríquez, el narrador del cuento "Pablito clavó un clavito: Una evocación del Petiso Orejudo" tiene el mismo punto de vista, sabe y siente lo mismo que Pablo su personaje protagónico. Pablo es un guía de turismo que debido al interés morboso de los turistas conduce un nuevo tour en la ciudad de Bs.As., "Crímenes y criminales famosos", y en uno de los trayectos se le aparece la figura fantasmática pero inconfundible de Cayetano Santos Godino, el Petiso Orejudo, llevando el piolín en su mano y demostrando el procedimiento que había empleado para ahorcar a algunas de sus víctimas. Pablo no se asombra por esta inesperada aparición, dramatiza ante los turistas con cierta pericia artística la historia del asesino piromaníaco de niños y pequeños animales. Sabe que esa historia de toscos inmigrantes calabreses es el lado oscuro y velado del brillo que pretende ostentar la Argentina orgullosa del centenario. No le puede contar a sus compañeros de trabajo esa aparición en el ómnibus turístico por temor a que lo crean loco y tiene que controlarse en el relato que hace frente a su mujer, que desde que nació su hijito Joaquín, seis meses atrás, ya no es la misma, no se siente atraída por lo que él le cuenta, más bien la altera y asusta, no siente deseos de tener sexo con él, vive pendiente de atender los requerimientos del bebé, ya no es la compañera con la que escalaba montañas y consumía hongos alucinógenos. Los reclamos matrimoniales y las frecuentes discusiones ahora lo atormentan y de pronto recuerda el destrabalenguas "Pablito clavó un clavito…" y lo asocia con el crimen que el Petiso comete contra el niño Jesualdo Giordano a quien una vez muerto le clava un clavo en la cabeza y luego se descubre a sí mismo durante el velatorio de la criatura al que asiste porque quería ver si su cuerpo conservaba aún ese clavo.

Pablo ha sufrido una metamorfosis en su vida y su mujer otra, ya casi es una extraña para él, una desconocida. Llega de noche a su casa, en la habitación matrimonial duermen su mujer y el bebé, va a la habitación del pequeño donde ve la cuna vacía. Le parece la habitación de un chico muerto, allí encuentra un clavo, lo retira de la pared con fuerza y lo piensa como un truco de efecto ante los perplejos turistas que se escandalizan con su relato, se queda jugando con el objeto simbólico y terrorífco entre los dedos.

En otra cuerda andarán las historias de Samanta Schweblin, pero al igual que Enríquez, no le dan al lector respiro porque la intensidad de sus historias y relatos es conmovedora. El próximo miércoles nos ocuparemos de algunos de sus cuentos de "Siete casas vacías", una antología premiada del año 2017.

Marisa Mansilla/ Taller Álgebra y Fuego / marisamansilla2000@yahoo.com.ar


 
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