"-NOS PERDIMOS – dice mi madre.
Frena y se inclina sobre el volante. Sus dedos finos y viejos se agarran al plástico con fuerza. Estamos a más de media hora de casa, en uno de los barrios residenciales que más nos gusta. Hay caserones hermosos y amplios, pero las calles son de tierra y están embarradas porque estuvo lloviendo toda la noche."
Así se inicia el cuento "Nada de todo esto" de Samanta Schweblin, incluído en su antología "Siete casas vacías" publicada en 2017 y con la que ganó el IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero.
El lector podría preguntarse por qué la madre considera que se han perdido a tan poco tiempo de llegar a su casa y en un barrio que les resulta conocido. Entretanto, la hija pareciera no entender qué es lo que hace su madre y le recrimina haberse detenido allí, y ésta se sorprende ya que es habitual que salgan a "mirar casas". La hija ya debiera saberlo, y de hecho lo sabe, ya que salen casi cotidianamente a mirar casas pero de pronto advierte la naturaleza de "lo extraño" que encierra esto repetido día tras día. Pero no se trata sólo de pura e inocente observación: la madre logra ingresar a una de esas casas de donde su dueña sale furiosa porque la madre ha estropeado con las ruedas de su auto su jardín, quedando allí atascado. La madre le dice que se siente mal y le solicita que pida una ambulancia; pero sus acciones van mucho más lejos, mientras su hija busca unos troncos que le permitan desatascar las ruedas del auto, ella ha entrado al baño y llora sentada sobre la tapa del inodoro. La mujer les avisa a madre e hija que está por llegar la ambulancia y también su marido. La madre sigue recorriendo la casa, se acuesta boca abajo sobre la alfombra de la cama matrimonial con los brazos y las piernas abiertas, se ha apoderado de la azucarera que le ofreció el pequeño hijo de la mujer y la dejó sobre la cómoda junto a su reloj y sus pulseras, rehizo la cama colocando nuevos y particulares dobleces a las sábanas, escondió la colcha por no parecerle apropiada y también unos almohadones bajo el mueble, arrojó sales a la bañera y productos de tocador al cesto de la basura… La hija en su desesperación quiere sacarla de la casa, quiere que le responda por qué hace lo que hace, qué es lo que quiere y sólo obtiene como respuesta "Nada de todo esto". Recuerda la historia de fracaso matrimonial y abandono de su madre. Finalmente se retiran de la casa y logran escapar antes de la llegada de la ambulancia y del marido de la propietaria de la casa usurpada. Pero ella las ha seguido porque quiere recuperar su azucarera de madera, el único recuerdo que le quedaba de su madre. Y esa casa a la que ha llegado, adonde viven madre e hija, ya no es el amplio caserón distinguido de tres livings, hay que caminar entre pasillos de cajas y objetos apilados y la madre ahora está en el patio, ha abierto un nuevo agujero y está enterrando la azucarera hurtada. La hija sabe qué es lo que está haciendo su madre, pero sabe también qué la reconfortará a ella. Entonces, esperando presenciar la búsqueda enloquecida e infructuosa de esta joven e inexperta mujer, sólo le dice que si quiere la azucarera, pues deberá buscarla.
Construir un relato literario de "terror u horror moderno" puede significar a veces partir de hechos criminales tan escabrosos, perturbadores y de tan alto impacto social que parecieran abofetear al lector desde los diversos formatos de las crónicas policiales y despabilarlo de sus rutinas cotidianas activando su adrenalina y despertando en él sensaciones que incluso se sienten en el cuerpo. Éste es uno de los procedimientos al que acude Mariana Enríquez para construir sus tramas. Samanta Schweblin, una también muy joven escritora argentina (40 años), radicada en Berlín desde el año 2012, cultiva otra cuerda.
Desde los 12 años empezó a formarse en la escritura literaria acudiendo a diversos talleres y a los 24 años llegó al taller de Liliana Heker a quien reconoce como su mejor maestra. En el volumen de "Cuentos reunidos" de Heker que ella prologa, cuenta una anécdota graciosa que pinta muy bien a Heker pero destaca también el lugar que esta escritora le daba a la literatura y que ella comparte: Un aspirante a participar de los talleres de escritura literaria de Heker que era médico cirujano le dijo que él desde muy joven había querido escribir una novela y que en ese momento como contaba con más tiempo porque se había jubilado intentaría hacerlo a partir de lo que fuera trabajando en su taller, a lo que ella le respondió : "Buenísimo. ¿Y qué te parece si yo, cuando me jubile como escritora, me dedico a la cirugía?". Rapidez, lucidez intelectual, vitalidad, profundidad y gracia que según Schweblin están en la narrativa de Heker, están también en la suya. En sus cuentos lo ominoso no surge de hechos ligados a la esfera del crimen, sino de los vínculos familiares que se vuelven extraños y de los hechos más básicos y naturalizados de la vida cotidiana que de pronto transgreden los límites de lo que se considera "la normalidad" y evidencian otra realidad en la que aparecen la enfermedad, la soledad, la locura, la perversión o la incomprensión más absoluta. Sus cuentos arrancan con situaciones que parecen propias de una narrativa realista pero a medida que la trama avanza todo se convierte en una atmósfera de pesadilla.
La obra de Samanta Schweblin publicada hasta el momento, sus cuentos de "El núcleo del disturbio", "Pájaros en la boca" y "Siete casas vacías" y su novela "Distancia de rescate" nacional e internacionalmente premiados y traducidos a diversas lenguas la convierten en una escritora que es imprescindible leer.
Marisa Mansilla/ Taller Álgebra y Fuego / marisamansilla2000@yahoo.com.ar
Samanta Schweblin, multipremiada y traducida a 13 idiomas, publicará nueva novela en octubre.



