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» Este artículo corresponde a la Edición del miércoles, 15/ago/2018 de La Auténtica Defensa.

Te hago el cuento:
Samanta Schweblin; Ancianidad Locura y Cordura
Por Marisa Mansilla






Marisa Mansilla

La ancianidad está representada en la literatura desde tiempos muy lejanos a nosotros y nuestra actual perspectiva histórica. Alonso Quijano el Bueno o el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha (1605 y 1615), lector, aventurero, osado, loco, sabio, ingenuo, justiciero, temerario, ridículo, finalmente cuerdo y capaz de desquiciar a las mujeres de su casa, a sus amigos y a todos los que encuentra en su camino es un buen ejemplo de esto. Félix Grandet, el padre de Eugenia Grandet , el personaje de la novela homónima de Balzac de 1833/1834, tortuoso, avaro, ambicioso y cruel. La abuela parlanchina de "Nada" de Carmen Laforet (1944) en representación de la perdurabilidad del amor maternal invencible e inocente en el esfuerzo denodado por recomponer los pedazos destrozados de una casa y una familia catalanas desvastadas por los efectos de la guerra civil española. Y Lil y Roz, las dos amigas del primer relato de "Las abuelas" de Doris Lessing (2003) que con sus ochenta y cinco años escribe la provocadora historia de estas dos amigas que no resignan su sexualidad a pesar de la edad madura, y reconstruyen curiosamente y por fuera de lo común sus vidas relacionándose sentimentalmente cada una con el hijo de la otra, rozando casi el límite de la prohibición del incesto impuesto por la cultura. Todos estos personajes y muchos más dan cuenta de la presencia del tópico literario.

También hay ancianos en las "Siete casas vacías" de la joven escritora argentina Samanta Schweblin y ¿Cómo son ellos? ¿Con qué nueva lista de adjetivos los describiríamos? ¿En qué se aproximan y en qué se distancian de los viejos de la literatura de los siglos anteriores? ¿Cómo aparecen representados en la minuciosa y precisa narrativa de Schweblin que incursiona en lo que se dio en llamar el renovado género del "horror moderno"?

En los cuentos de Schweblin no hay abuelitos buenos o maternales, ni justicieros o aventureros graciosos deseosos de transformar el mundo, y si bien hay características aplicables a esta edad de la vida en cualquier época y lugar, es otro el tiempo, el universo ficcional y también el punto de vista en estos relatos que desnudan a la vejez en los aspectos más angustiantes: soledad, Alzheimer, demencia senil, deterioro físico ; sin ahorrarle al lector la reflexión profunda acerca de esta etapa de la vida, ni el desvelo o desasosiego que puede llegar a perturbar el creerse aún por fuera y a distancia de esa edad. Es tan duro y feroz el tema que uno podría creer que los lectores desertarán de la lectura abandonando el libro y huyendo de la densidad de la historia de Lola, la protagonista del excelente "La respiración cavernaria", vuelto a publicar en forma independiente del resto de los cuentos de esta antología con ilustraciones de la artista plástica también argentina Duna Rolando el año pasado, sin embargo no hay posibilidad de apartarse de este relato hipnótico, crudo y atrapante.

LA RESPIRACIÓN CAVERNARIA

En un primer momento la narradora nos lleva a ver lo que sucede en la casa y también en el afuera observado desde la ventana de la cocina y desde la mirada de Lola, que "quería morirse, pero todas las mañanas, inevitablemente, volvía a despertarse". Su vida transcurre entre un pasado borroso y con un hecho traumático que no puede o quiere recordar, un presente que se construye repitiendo acciones ya rutinarias y algo inútiles y mediante cartelitos ayuda-memoria que le permiten organizar su frágil equilibrio frente a hechos no habituales y hasta trágicos, como la muerte de su marido, que quiebran su precaria estabilidad y un futuro, en el que le espera la deseada muerte frente al aburrimiento de vivir, pero que tarda en llegar. Entretanto sus dificultades pulmonares han convertido su respiración en "cavernaria". Prácticamente toda la historia está narrada desde la óptica de Lola, pero de pronto, el relato y la realidad construida en él se desmorona y aparece la voz de una mujer joven, su vecina a quien ella había considerado una "ocupa" de la casa empobrecida – como todo el barrio -, lindera con su jardín, ella también está sola, sin pareja, y su hijo, un adolescente, también había muerto. Las dos se expulsan una de la casa de la otra con un portazo, no soportan el escucharse lo que tienen que decirse, pero no obstante lo que dice su vecina quiebra la condición de "verdadero" que hasta entonces el lector había asignado al relato de Lola y nos muestra otra realidad. Le reprocha su mezquindad, sus prejuicios y miserias, le recuerda cuántas veces la atendió sin agredirla comprendiendo su situación, la considera en cierta forma responsable de la muerte de su hijo y le demuestra la irrealidad de sus pensamientos y presuposiciones dejándola sola con su cada vez más pronunciada respiración cavernaria.

MIS PADRES Y MIS HIJOS

Seis personajes construyen la historia de este cuento que, si bien incursiona en el tópico de la vejez, lo hace con notas de humor que nos aligeran de la tensión angustiante del anterior cuento : Javier, ex marido de Marga y narrador protagónico, Marga que ha formado una nueva pareja con Charly, que en palabras de Javier es "el ‘gran hombre nuevo’ de mi exmujer", los hijos del fracasado matrimonio de Javier y Marga : Simón de seis años y Lina de cuatro y los ancianos padres de Javier.

"-¿Dónde está la ropa de tus padres? –pregunta Marga. Cruza los brazos y espera mi respuesta. Sabe que no lo sé, y que necesito que ella haga una nueva pregunta. Del otro lado del ventanal, mis padres corren desnudos por el jardín trasero." El padre le arroja agua con la manguera a la madre en los senos y en las nalgas que ella sostiene risueña y alegremente, la madre agarra asimismo al perrito caniche y gira y lo hace girar por sobre su cabeza.

Así se inicia este cuento en el que Marga no puede librarse de reprochar a Javier lo que llama sus "locuras", tampoco de sus prejuicios ante la desnudez de sus padres que según ella sólo provocaría la vergüenza en sus hijos, ni de la histeria, impotencia, furia desatada y violencia que la impulsan a lanzarse y abofetear a Javier y pedirle a Charly que llame a la policía porque finalmente no encuentran a los chicos en la casa y a pesar de dispersarse y emplear estrategias de búsqueda no los hallan. Finalmente llega el patrullero, las palabras "adultos desnudos", "niños pequeños", "secuestro" llevan la situación a su punto más extremo, en realidad enmascaran los hechos que Marga pensaba ya trágicos. Javier, el narrador, mientras es conducido de vuelta en el móvil policial junto con Marga rumbo a la casa de veraneo alquilada, ve a su padre y a su madre abrazados y también a sus hijos desnudos, dorados por el sol, jugando sonrientes. Viejos y niños acercados en la inocencia de sus cuerpos desnudos. "Siete casas vacías" es una antología muy recomendable para lectores no asustadizos.

Marisa Mansilla/ Taller Álgebra y Fuego / marisamansilla2000@yahoo.com.ar


“SIETE CASAS VACÍAS" ES UNA ANTOLOGÍA MUY RECOMENDABLE PARA LECTORES NO ASUSTADIZOS.

 
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