En su cuento "El aleph" Borges ofrece al lector una visión laberíntica y caótica del mundo, reveladora del fracaso de la pretensión humana de creer que ha podido ordenar ese todo diverso de increíble complejidad, y asimismo que ha logrado imponer una determinada racionalidad que uniforma y armoniza la totalidad del conjunto. El objeto que le dispara esas múltiples visiones es el aleph, una esfera luminosa deslumbrante, mágica y en términos borgeanos "conjetural", hipotética. Obviamente el cuento se inscribe en el género de lo fantástico y una de las características del espacio y materia de "lo fantástico" es cuestionar y desestabilizar la imagen tradicional que tenemos de la realidad, crear incertidumbres incómodas, cambiantes y presentar fronteras lábiles, porosas, difusas o borrosas que permiten inclusive la aparición de lo absurdo. Y llegando ya a este punto se hace necesario acudir a la definición de "absurdo".
Éste tiene que ver con aquello que es ajeno a la razón, ilógico, sin la "armonía" que solemos adjudicar al mundo que hemos construido, es decir que confronta con lo que consideramos real y lo erosiona, que instala la duda, la crisis y permite expresar lo reprimido por el sujeto, sus miedos y pasiones inconfesadas. El absurdo plantea asimismo la figura de la paradoja : aquello que es impensable que ocurra atendiendo a un determinado e instalado orden y estado de cosas, pero que efectivamente sucede e implica una subversiva apertura y fractura de lo establecido, una protesta, una crítica que horada lo que ya está naturalizado como verdadero.
Pero para ejemplificar y hacer más claro este concepto y las características del género resulta apropiado acercanos o mejor aún leer y hasta releer la novela "El proceso" de Franz Kafka, una novela que escribe entre 1914 y 1915 pero que recién será publicada por primera vez en 1925 por su amigo Max Brod, después de la muerte de su autor ocurrida en 1924 y como parte de su obra inédita, salvada y reorganizada por Brod.
JOSEPH K Y LO ABSURDO DEL PODER
El personaje protagónico Joseph K. funcionario de cierta jerarquía en un Banco del centro urbano de Praga despierta una mañana extrañado porque aún no le han llevado el desayuno a su habitación, cuando dos desconocidos prepotentes y sarcásticos lo notifican que está procesado, seguramente porque se lo ha encontrado culpable de algún delito pero que ellos, que son algo así como los últimos eslabones del sistema, no conocen ni tampoco les compete comunicar; sólo están allí para informarlo del hecho, y de paso han aprovechado la situación y se han tomado su desayuno, él deberá darles dinero si quiere que ellos le compren otro. También se disponen a vaciarle su ropero y hasta llevarse inclusive su ropa de cama ya que consideran que en su nueva situación, para qué querría usarlas Joseph K. de ser detenido. Lo coimean asegurándole que ellos cuidarían mejor de sus bienes que si fueren a parar a un depósito adonde regularmente se "extravían" todos los objetos de los procesados como él, y además le previenen que el sistema judicial se demora y es lento en la resolución de los juicios, por lo tanto era conveniente confiar y dejar esas pertenencias en "buenas manos".
Nada sabe el lector, ni el pobre Joseph K. acerca de por qué le está ocurriendo todo esto, precisamente el narrador lo primero que se encarga de comunicar al lector es la incertidumbre a la vez que sospecha de que "Alguien debió de haber difamado a Joseph K. , ya que éste, sin que hubiera hecho nada malo una mañana fue arrestado". El hecho absurdo simplemente sucede e indigna al protagonista aunque no logra preocuparlo demasiado aún, porque "viviendo en un estado de derecho" como él vive, considera que el mal trance deberá disiparse prontamente. Pero también sorprende al lector y lo invita a formularse ciertas preguntas al respecto: ¿son los estamentos del poder capaces de construir y manejar un aparato – valga la redundancia- "tan poderoso" que es capaz de inmiscuirse en el espacio más privado de cada individuo como por ejemplo lo es el dormitorio y acusarlo de algo que no se sabe si ha cometido o no y de qué se trata, despojándolo de la libertad y de sus bienes hasta los más mínimos? Y aunque la respuesta contenga una ironía perfectamente clara es evidente que desnuda "lo absurdo" del poder.
Joseph K. es conducido a una habitación contigua a la suya, habitualmente el dormitorio de su vecina la Srta. Bürstner, cuyo mobiliario desplazado de lugar permitió que un Inspector hubiera ocupado el cuarto y ante la indignación y preguntas de K. le dice que sus actitudes y reclamos más que ayudarlo lo perjudican. Le aclara asimismo que su misión era notificarlo ante tres testigos observadores ( tres empleados subalternos del Banco donde trabajaba Joseph K.) de su arresto y de ver cómo se tomaba la noticia, nada más, de allí en adelante podía concurrir a su trabajo como diariamente lo hacía. Más apremios, más humillaciones más oídos sordos desentendiéndose de los reclamos, más visibles los "absurdos y abusos del poder".
EL PODER DE LO ABSURDO
Pero la trama sigue avanzando y uno llega a sonreirse al suponer que Kafka tomaría alguna sustancia alucinógena al describir el escenario donde transcurre la primera indagatoria. Joseph K. es citado con cierta imprecisión a una casa de un barrio periférico muy distante de la suya y también de la zona donde, por lo general, se encuentran los edificios que albergan diferentes instituciones del poder político (palacios) económico (bancos) y judicial (tribunales), cuyas monumentales fachadas por lo general se elevan por encima de la cabeza de los hombres conteniendo ya en su diseño arquitectónico un claro mensaje en cuanto al hecho de que hay poderes que se alzan por sobre toda estatura humana y no hay hombre por encumbrado que esté que no se encuentre comprendido ni por debajo de su dominio. Pero más allá de la imponente fachada, en el interior de estos espacios de poder, en su diversificación y multiplicación hay oficinas que funcionan en una suerte de conventillos burdos y laberínticos, llenos de recovecos o bien en algún desván olvidado del Banco u otro resquicio disparatado donde el aire se vuelve sofocante e irrespirable. Ése es el lugar adonde ingresa el protagonista asistiendo a la citación de su primera indagatoria. Allí la gente sólo podía estar de pie y aparentemente dividida en dos bandos como si fuera una asamblea socialista, pero los que estaban ubicados en una gradería o galería superior absolutamente colmada de gente sólo podían estar agachados y protegiendo su cabeza con algún almohadón o frazada ya que sus cabezas y espaldas se golpeaban permanentemente con el techo. Nadie podía estar en posición erecta ante la ley, todos tenían que adoptar posiciones de sometimiento. Joseph K. logra salir a duras penas de este ámbito que termina por ahogarlo y recién después del encuentro con su tío descubre que debe atender con más seriedad su situación de procesado y ver a un abogado que lo salve del bochorno en que se encuentra y salve asimismo el buen nombre y honor de su familia. ¿Qué pone delante de nuestros ojos la literatura del absurdo? ¿Cómo son los espacios y procedimientos del poder? ¿Cuán justa es la justicia en sus acusaciones? ¿Cómo puede alguien quitarse la condición de "culpable" una vez que ha caído sobre él? ¿Qué hacer? ¿Cómo defenderse?
El poder para sostenerse tiene sus mecanismos plagados de absurdos pero la literatura del absurdo tiene su poder y acaso sea un género al que sea imprescindible volver.
Marisa Mansilla/ Taller Álgebra y Fuego / marisamansilla2000@yahoo.com.ar
Kafka escribió El Proceso entre 1914 y 1915. Se publicó en 1925, un año después de su muerte.



